Las guerras sucias, sinónimo de atraso

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Un viejo político poblano, ya retirado, nos dijo que las llamadas “guerras sucias” o “de lodo” que desde el año 2000 empezaron a utilizarse  en las campañas políticas de nuestro país, importadas por el PAN, con Vicente Fox como candidato, lo único que ha logrado es crear divisiones y odios entre la sociedad.

         Son muestra del atraso de nuestra clase política, que en campaña, no hacen crítica de los adversarios, sino lanzan insultos, calumnias, se meten en vidas privadas. Es chismografía pura.

          Por eso, afirma, los partidos políticos están en un grave proceso de descomposición: Han perdido su ideología, no están organizados porque carecen de la estructura necesaria para ello y sus militantes en gran parte, solo van en busca de “chamba”.

           Ningún partido es escuela de política, como lo pidió Manuel Gómez Morín, fundador del PAN, en los inicios de ese instituto, hace casi 80 años. Los partidos políticos en nuestro país tienen propietarios, en su mayor parte, y no dirigentes. Y algunos de los dirigentes están a todas luces, negados para la acción política.

            El PRI acaba de pasar por una de sus peores épocas, por el desgaste natural del tiempo tan largo que gobernó al país, pero agravado por dirigentes como ese señor Ochoa Reza, ahora senador, que nadie sabe de dónde salió y porqué llegó a ser dirigente nacional del PRI, partido en el que era casi totalmente desconocido por la militancia.

           Por lo que respecta al PAN, que al igual que el PRI, es un partido histórico, representante de la corriente conservadora del siglo XIX, como el PRI lo es de la liberal del mismo siglo, tiene actualmente un dirigente nacional, sin una clara visión del papel que debe desempeñar un partido de oposición.

           Cree él, así parece, que debe oponerse a todo por sistema, sin razonamientos válidos, sin análisis, sin el mínimo sentido de la realidad y siendo dirigente nacional del partido que sus fundadores ubicaron como democrático, diferente al Revolucionario Institucional, por lo menos eso pretendían, en forma autoritaria designa al candidato a la gubernatura de Puebla, sin la mínima consulta a las bases, que durante seis largos años, del 2010 al 2016, fueron aplastadas y humilladas por el “morenovallismo”, corriente surgida al interior del PAN y tolerada por la dirigencia nacional de ese partido “campeón de la democracia”, que además estaba conformada por ex priístas.

          El PRD es heredero de la izquierda surgida en nuestro país al iniciarse el siglo XX, con el Partido Comunista de México, que en sus primeros años actuó en la clandestinidad y que en tiempos de Echeverría, obtuvo su registro como compensación para no dejar solo en el escenario político de entonces, a José López Portillo, como candidato del PRI a la presidencia de la república.

          Después de pasar por varios nombres, adquirió el de Partido de la Revolución Democrática y creció con la llegada de una fuerte corriente de ex priístas que se oponían al sistema neoliberal implantado por el grupo de tecnócratas que llegó de las universidades gringas y capitaneado por Carlos Salinas de Gortari. Ese sistema llamado “neoliberal” nos trajo el “capitalismo salvaje” con consecuencias sumamente dañinas para el país.

           El PRD, tuvo triunfos electorales que no se reconocieron, con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato presidencial y después, dos veces, con Andrés Manuel López Obrador. Ganó la jefatura de gobierno del Distrito Federal para bien y todavía el gobierno de la ahora ciudad de México, está en manos de la izquierda.

            Sus ilógicas alianzas con el PAN, partido representante de la tradicional derecha mexicana; sus divisiones internas representadas por corrientes, grupos o triubus y el dominio que en los últimos años tuvieron los llamados Chuchos, en ese partido, además del abandono de Andrés Manuel para formar un nuevo partido llamado Morena, casi acabó con el PRD. Sigue moviendo la cola, pero no pasa de ser el satélite del PAN.

           ¿Y los otros? Son la “chiquillería”, partiditos creados por algunas familias o políticos medio conocidos que más que representar corrientes políticas o ideológicas, son propiedad de particulares, como el PANAL, que era de la maestra Elba Esther Gordillo, la ex dirigente del SNTE; el Verde Ecologista, propiedad de la familia del doctor Martínez Manatou, que fue aspirante del PRI a la candidatura a la presidencia para sustituir a Díaz Ordaz; el Movmiento Ciudadano, propiedad de un ex gobernador priísta de Veracruz y así por el estilo. Ninguno puede considerarse como partido político: son membretes que solo aparecen en tiempos de elecciones, para alquilar su registro al mejor postor. Su meta es obtener el 3 por ciento de la votación como mínimo, para no perder su registro.

¿Morena? Ya le hablaremos de él en nuestra próxima entrega…

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