domingo , enero 17 2021

Muere bebé por negligencia ¿de párrocos, corrupción del INAH? A un mes del hecho, como que no pasó nada

No escribir esta nota implicaría ser cómplice de asesinato. Los expertos en peritaje y en leyes podrán decir si tal asesinato fue en primer, segundo o tercer grado, doloso o por omisión. Las posibilidades son infinitas, pero el hecho es uno y está documentado por quien esto escribe. No fue un accidente como se ha esforzado en proponer la Diócesis de Cuernavaca en una nota periodística. Diócesis tan aguerrida y combativa, ahora siendo parte de una mentira… Las fotos que tomé y la experiencia misma, resguardan evidencias del hecho que a continuación se relata. La víctima tenía cuatro meses apenas hace un mes, el 11 de diciembre del 2020.

El círculo de posibles responsables de la negligencia que mató al bebé es: el párroco Israel Cantorán; el vicario de la diócesis de Cuernavaca, Tomás Toral Nájera, las autoridades del INAH de Morelos, y los contratistas fantasmas, porque no dan la cara. Incluso uno de los presentes culpó al Obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro porque simplemente “no nos recibe para hacer las reparaciones de la iglesia”; por supuesto, el INHA Cuernavaca, si es que existe, por su escasa vigilancia del estado y conservación de estos lugares.

La búsqueda en google “autoridades INAH Cuernavaca” arroja la nota intitulada “Regresa como Titular del Centro INAH Morelos, Víctor Hugo Valencia Valera”. Víctor Hugo Valencia Valera, si es usted un eminente profesional familiarizado con el INAH en Morelos, ¿qué nos puede decir sobre los contratistas del INAH para restaurar el templo que ha constado la vida a un niño? En la página oficial del INAH aparee también la noticia “Continúa en Morelos la jornada de rendición de cuentas del Plan Nacional de Reconstrucción” en que se destaca que:

 “En el periodo 2019 – 2020 se han destinado a la reconstrucción más de 35 mil millones de pesos. Estos logros han sido posibles gracias a la coordinación con las autoridades eclesiásticas, los gobiernos estatales, municipales y las comunidades”.

¿Estaba el templo en cuestión dentro de ese plan?, ¿sí?, ¿no?, ¿por qué?… estamos hablando de un templo en el corazón de una ciudad importante cuyo deplorable estado ha causado una muerte. Cuauhtémoc Blanco ¿podrá Usted ayudarnos a esclarecer responsabilidades por favor? ¿Señor presidente Andrés Manuel López Obrador, podrá Santiago Nieto ayudarnos con una revisión de los presupuestos asignados y la realidad de sus aplicaciones?

No deja de llamar la atención que el descuido mortal de la fachada de la parroquia del Sagrario de Guadalupe contraste con los autos de lujo estacionados en el pequeño patio de la iglesia y la fastuosidad de los adornos internos. El hecho es que una parroquia peligrosa, dañada por los sismos, y sin reparaciones VERDADERAS, fue abierta al público para oficiar y recaudar dinero el trágico 11 de diciembre de 2020.

¿Quiénes es, o son, los responsables de que un lugar así este en pleno uso en tales fechas y en fechas anteriores? El responsable de lo anterior es también responsable de la muerte de un niño que esperaba ser bautizado.

El día citado, al interior se oficiaba una misa de confirmación, al mismo tiempo que afuera se desprendieron grandes macizos pedazos de la fachada, los cuales cayeron de lleno, desde varios metros de altura, sobre la cabeza del pequeño. Todo fue tan rápido que durante unos momentos la muchedumbre que nos percatamos de lo sucedido por el llanto de la madre, dudamos que realmente esto estuviera sucediendo. Ella agitaba a su hijo inerte, que parecía dormido y cuya languidez inusual del su cuerpo era alarmante, irreal.

Desesperada la madre se internó en el espeso tráfico pues frente a la parroquia hay una farmacia. Era difícil seguirle el paso entre los autos. Entró en la farmacia buscando un doctor. No lo había. Alguien indicó que a unas cuantas cuadras de ahí había un hospital. Otra madre le dijo que corriera, que no esperara a nadie ni a nada ni un segundo, necesita un doctor ya. Y había varios a menos de dos cuadras. Un hombre le dijo que la siguiera, que él la guiaba: “una sobrina mía se acaba de aliviar ahí y tienen muy buen servicio”. Doblamos sobre la esquina, dejamos atrás el Jardín Borda, la catedral, corriendo tras ella en el arroyo vehicular, su bebé estaba a punto de caérsele de las manos entre la carrera, el cansancio súbito y lo inerte del cuerpo. Le ofrecimos ayuda para cargarlo. No habían pasado ni dos minutos, pero el hematoma era en verdad alarmante. Efectivamente era difícil evitar que se escurriera de las manos su cuerpo que parecía sin vida. Llegamos al pseudohospital que cerró sus puertas y dijo que no había nadie para atenderla. Todo por el interfón. Por el interfón escucharon la desesperación de la madre, y quizá por cámaras nos vieron. Ante la negativa del hospital y el alarmante estado del bebé, la madre se mesaba los cabellos desesperada. Era dolorosamente evidente que no nos atenderían. La madre entró y salió de la pequeña puerta que da a la calle un par de veces, todo ocurría con demasiada rapidez. El bebé súbitamente dio un respingo y pataleó como si un rayo de vida lo llenara. Sentí sus latidos con fuerza y el vigor de sus quejidos. Luchaba con determinación por su vida. Ahora no era difícil tenerlo en brazos. Una enfermera que terminaba su turno, según nos dijo, abrió la puerta del pseudohospital (Sanatorio Hidalgo de Morelos) y la cerró inmediatamente en nuestra nariz. Más tarde supe que es un “buen” hospital, claro, si tienes dinero para pagar, si no, evidentemente, te puedes morir en la puerta. Es Hipócrates quien lo llamaría pseudohospital, no yo. Para entonces alguien habla localizado al padre del niño que estaba en la misa porque era padrino de algún confirmante. La madre volvió a internarse en el tupido tráfico pidiendo ayuda. Éramos cinco personas las que la acompañábamos, todos desconocidos para ella excepto su esposo que aún estaba perplejo por la situación casi surreal. Apenas habían pasado unos cuantos minutos. De golpe se detuvo un auto que casi la atropella, preguntándole que le pasaba. No lo dijo, no podía, solo dijo “un hospital para mi bebé”. La mujer que detuvo su auto abrió la puerta “súbanse ya, los llevamos”. En un segundo esas buenas personas, una familia completa hicieron espacio para la madre del bebé quien me pidió que les acompañara y siguiera cargando a su hijo mientras ella le hablaba. El padre aun en shock ocupó el asiento del copiloto. La conductora en un microsegundo cedió el volante a su compañero quien tomó el control del auto y hábilmente condujo a toda velocidad. Atravesamos la ciudad para llegar a Urgencias del IMSS de Plan de Ayala, mientras el padre hacia señales desaforadas a los demás conductores para cedernos el paso.

Durante el trayecto la madre me pidió que sostuviera al bebé para poder quedar ella frente a frente con él. Me esforzaba por tener al bebé en la mejor posición para que respirase y el vaivén enloquecido del auto no lo alterase. Nuevamente el bebé se volvía inerte, se escurría de las manos y su madre le suplicaba con las más dulces palabras que aguantara, que estábamos cerca del IMSS. El hematoma en su cabecita adquiría proporciones alarmantes. Nuevamente el bebé apretaba las manos, ahora emitía débiles quejidos como si un rayo de vitalidad lo reanimase. Luchaba por su vida, las piedras que habían caído sobre él eran casi del tamaño de su propia cabeza, su cabeza evito que hicieran ruido al caer. Ahora su madre lo animaba con caricias, palabras amorosas, un algodón con alcohol cerca de la nariz que no sé de dónde sacó. Me pidió que lo sostuviera bien, que lo girara para que quedaran rostro con rostro, en ese instante haciendo acopio de todas sus fuerzas para decirlo con claridad le dijo: “Yo te bautizo, mi amor”. Si las madres con su amor y su fe bautizarán a sus hijos, no harían falta los curas. Si Dios existe, creo que estará de acuerdo con esto.

El padre del bebé venía de copiloto con medio cuerpo fuera e intentaba llamar la atención de los demás conductores para que nos dejasen pasar. Por fin llegamos a Urgencias. Nos dejaron en la puerta, y la madre entró, no le preguntaron nada, solo verla la canalizaron a urgencias con su bebé en brazos, la perdimos de vista entre las camas. Su padre me pidió que le contara todo, pero no pude, no había ninguna imagen clara en mi cabeza, me pidió mi teléfono, pero ni él ni yo podíamos completar la intención, la adrenalina ahora nos alcanzaba con toda su fuerza. La madre salió con el bebé en brazos, los pesaron. No soy médico, pero la parsimonia general del personal me parecía alarmante. Así deben parecernos siempre que estamos tan alarmados. Mientras intento intercambiar teléfono con el padre, entra la llamada de un familiar que me vio subirme con ellos al auto. Apenas habían pasado veinte minutos. Le dije que iba de regreso en taxi, que ya el bebé estaba en el hospital con sus padres.

Regresé a la parroquia de la derruida fachada. Aun no terminaba la misa que oficiaba Israel Cantorán y Tomás Toral Nájera. Quizá al mismo tiempo en sus aposentos el obispo se preparaba para cenar; quizá el director del INAH de Morelos firmaría algunos documentos o estaría en alguna reunión por ZOOM… 35 mil millones de pesos ejercidos por reparaciones en iglesias, vaya, algún proveedor o contratista estarían enviándole un arcón navideño con muy buen wiski… hipótesis. Plausibles. Pero seguro, todos con la conciencia bien tranquila de haber hecho muy buenos negocios, trabajos, gestiones, bautismos, reparaciones, según su cargo y oficio.

Había más gente sentada junto a las rocas que hacía unos instantes habían caído sobre el bebé. Fotografié la escena, la imagen habla por sí sola. Contamos lo sucedido para que no se sentará nadie ahí, algunos hicieron caso, otros no. Salieron los niños y las niñas confirmadas. Se vendieron las fotos a sobreprecio, se dispersaron las felices familias para celebrar su fe. Solo una señora preguntó qué había pasado con el bebé. Una de todos los que estuvieron afuera y fueron testigos. La indiferencia humana solo puede encontrar su medida en la no indiferencia humana, paradoja social. Todos nos quedamos en paz imaginando que el bebé estaba en manos de profesionales.

Fuimos a cenar con los familiares que asistieron a la confirmación, en el corazón había esperanza y fe, confianza en la vida y muchas ganas de averiguar a través de Transparencia, quién hizo las reparaciones o dejó de hacerlas. Para mí, el vigor del pequeño en mis brazos me decía que viviría. Temprano a la mañana siguiente pregunté a su papá cómo seguía el bebé y me dijo que había fallecido a las tres de la mañana. Le pregunté el hombre de su hijo: Joshua.

Israel Cantorán, Tomás Toral Nájera, autoridades del INAH que la pasan tan bien, ustedes y nosotros toda una vida aquí y Joshua apenas cuatro meses. Joshua apenas unos meses aquí… pero la responsabilidad por descuidados, esa sí será eterna según la teología y la ética secular. No fue la voluntad de Dios, fue la negligencia en el mantenimiento de la parroquia a su cargo, repito, la fotografía habla por sí sola, fue en todo caso alzar los hombros ante su deterioro, desentenderse hasta de la muerte de sus fieles, ciudadanos. Y mañosamente se difunde la fotografía del mejor ángulo de la parroquia exactamente donde no se puede ver su deplorable estado que es la mayoría de la superficie de la fachada. Exactamente desde el ángulo contrario del incidente. Soy profesional de la imagen, ustedes son unos hipócritas manipuladores. Mañosamente con esa imagen ilustran lo que según ustedes “inexplicablemente” sucedió. Inexplicablemente. Pero espero que sí den explicaciones en el Ministerio Público algún día. Oj-alá. Eso depende qué tan opiácea para el pueblo sea su versión de “suceso inexplicable”, de qué piense el Gobernador Cuauhtémoc Blanco al leer esto. De la indiferencia o no indiferencia de las autoridades y ustedes mismos.

¿Quién es el responsable, y cuándo van a arreglar su parroquia o terminar de tirarla?

¿Alguno de ustedes puede contestar? y también que nos contesten ¿cómo es posible ser pederasta y catequista en sus parroquias?; ¿cuánto cuesta el auto que los lleva y los trae para que no se les ensucie la sotana en el transporte público?; ¿cómo van a compensar a los padres de Joshua además de sus sermones? Seguro celebraron navidad y año nuevo de 2020 recordando el nacimiento de Cristo, para otros, fue preguntarse por la muerte y la negligencia humanas que mataron a Joshua. Les deseo un 2021 lleno de responsabilidad y ética.

Bien lo dijo el escritor Reinaldo Arenas: “No es el muerto quien provoca estupor, es la sorpresa de ver cómo olvidamos su propia muerte nuestro gran dolor”. No olvidemos a Joshua, no hagamos como que no existió.

 

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