POPULISMO VS DEMOCRACIA: MÉXICO EN RIESGO

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“El populismo ama tanto a los pobres, que los multiplica”
(Mariano Grondona, periodista argentino)

 No encontré mejor frase para sintetizar mi real preocupación ante el talante populista que ha mostrado Andrés Manuel López Obrador y su gobierno de la 4° Transformación que, hasta hoy, no tengo idea de lo que significa. Así que para darle alguna funcionalidad que vaya más allá de la demagogia, la utilizaré como preámbulo para las 4 partes en que he dividido esta entrega.

Primera Transformación: DE CANDIDATO A EMPERADOR

Léase que escogí la palabra emperador y no rey, dados los últimos acontecimientos en que nuestro buen AMLO demandó a España y al Vaticano pidieran perdón por “las matanzas e imposiciones de la conquista que… se hizo con la espada y con la cruz”. Obviamente y para vergüenza de los mexicanos, sus súbditos o lacayos, ambos rechazaron tajante e informadamente la solicitud.

En este contexto, podríamos asumir presenciamos una regresión al México de los Imperios (mexica, maya, tolteca, olmeca, etc) y, los imperios tienen emperadores. Este neonacionalismo indígena, justificado bajo el argumento de que es momento de la reconciliación, no puede tacharse mas que de disparatado e incongruente, sobre todo si consideramos que es justo López Obrador quien ha hecho del conflicto y la división, el sello personal de su Presidencia.

Todas las voces críticas o contrarias al señor emperador han sido bautizadas, por él mismo, con el apelativo FIFÍ[1][1]: calificadoras fifís, banqueros fifís, industriales y empresarios fifís, prensa fifí, porra fifí, académicos e investigadores fifís, ciudadanos fifís. Ello, ha derivado en una real división social entre FIFIS y CHAIROS[2][2] que, si bien no empezó ahora sino desde la campaña electoral, si se ha enraizado con el atizamiento lopezobradorista.

Despreciar e insultar a quienes están en contra es, la primera y más visible característica de un populista[3][3]: separar al pueblo (el que está con él) del antipueblo (el que está contra él porque él es el pueblo) es una apuesta peligrosa.

Segunda transformación: UN EMPERADOR CON COMPLEJO DE VÍCTIMA

O lo que es lo mismo, el emperador nunca se equivoca. Todo lo que pasa, todas las consecuencias de decisiones mal tomados o políticas públicas erróneas, son y siempre serán culpa de otros: de sus enemigos (no tiene adversarios), del neoliberalismo, de otras fuerzas políticas, de la corrupción, etc.

Y López Obrador, bajo el paraguas de una cruzada contra la corrupción. ha tomado a lo largo de poco más de 100 días de gobierno, decisiones que le han costado y le seguirán costando al país millones y millones de pesos (la cancelación del NAIM, la guerra contra el huachicol, huelgas sindicales en los estados del norte, la venta del avión presidencial, la falta de proyecto para PEMEX, etc). Sin que hasta el momento se vean resultados de esa lucha. No hay un solo dirigente, político, empresario, que se encuentre procesado penalmente por los miles de actos de corrupción que nuestro presidente se encarga de pregonar todos los días a todas horas.

Es más, sus públicas y cuestionables alianzas con la impresentable Elba Esther Gordillo o con la CNTE demuestran que, la lucha contra la corrupción es solo una bandera discursiva que le permite mantener viva la confrontación y vivo también un enemigo imaginario a quien culpar de todas sus ocurrencias. La mafia del poder solo lo es si sirvió a poderes anteriores, pero no si sirve al actual.

Que si se canceló la transferencia de recursos a organizaciones ciudadanas que operaban programas como las estancias infantiles o refugios para mujeres víctimas de violencia; que si se suspendió la prueba tamiz para niños recién nacidos; que si hay desabasto de vacunas y fármacos en los hospitales del sector salud; que si se recorta el presupuesto para atender enfermos de cáncer, sida y otras enfermedades. Todo porque hay corrupción.

Tercera transformación: REGRESIÓN AL AUTORITARISMO DICTATORIAL

Todo populista tiene como proyecto prioritario la concentración absoluta del poder. Y AMLO no es la excepción.

Andrés Manuel López Obrador no se cansa de pregonar que su Administración representa un cambio de régimen. Nada más alejado de la realidad. Lo que estamos presenciando es el retorno al Presidencialismo omnipoderoso de los cuarentas y hasta los setentas, que rayaba en dictadura. El régimen autoritario de esas épocas, bajo cuyo mandato el resto de los poderes se alineaba y subordinaba, y que parecía íbamos en trance de superar, está de vuelta. La figura del presidente vuelve a ser símbolo de poder paternal, árbitro, juez y verdugo, un auténtico emperador: la personalización del poder.

Y si a ello sumamos que los partidos de oposición están en estado catatónico, la cosa se pone fea.

El PRI con su vocación de poder y aún con sus 12 gobernadores, es el primero en sujetarse al mandato de quien lo detenta, pertenezca o no a su partido. Este ADN priísta le convierte, de facto, en su mejor y más oportunista aliado. El enemigo del PRI es el mismo PRI y sus cúpulas, mismas que se mantienen repartiendo todos los cargos y recursos desde hace décadas. Aquí no caben nuevos cuadros, mucho menos si son críticos o buscan su modernización. Aquí no hay espacio para demócratas o ideólogos, para progresistas o modernizadores. Entre más dinosaurio, más cómplice, más rastrero y más simulador, más cotizado por esas élites, mismas que igual tienen tentáculos en el galimatías que es MORENA.

El PAN, aunque tiene mayor vocación para ser oposición, se encuentra bastante debilitado y dividido, sin liderazgo aparente (el último desapareció en un helicopterazo), sin discurso contrastante y ahorcados, sus gobernadores, presupuestariamente por el nuevo gobierno. Pese a ello, es quien podría tener esperanza de obtener mejores resultados electorales en la elección intermedia de 2021 frente al partido en el poder.

Sin contrapesos y con una oposición frágil y desprestigiada, nuestro emperador ha emprendido una lucha en contra de los otros poderes del Estado, particularmente el Poder Judicial, y en contra de todos los órganos autónomos e instituciones de la sociedad civil.

Cuarta Transformación: PERPETUACIÓN DEL PODER

Hoy tenemos un presidente que llegó al poder bajo un sistema avalado por las mismas instituciones que se ha prometido transgredir.

La revocación de mandato que esta semana se discute en el Senado de la República y que ya fue aprobada en la Cámara de Diputados alterará, de aprobarse como está, la lógica democrática y, a la larga, la gobernabilidad del país.

Esta iniciativa propone que el presidente se autosometa a una revisión electiva a los tres años de su gobierno, es decir, López Obrador pretende aparecer en una boleta durante las elecciones intermedias del 2021 para que el “pueblo bueno” decida si continúa o no su mandato. Un engaño a todas luces en donde se muestra sujeto a la voluntad de los mexicanos cuando, en realidad, a sabiendas que MORENA no existe sin su figura, pretende apuntalarle tal como sucedió en la pasada elección y eso, por decir, lo menos.

Esta reforma constitucional le abrirá camino para que pueda promoverse en medios de comunicación y hacer campaña, vulnerando la equidad de la contienda.

Estas cuatro transformaciones podrían sintetizarse en la frase de López Obrador con un pequeño pero significativo agregado: Al margen de la ley nada. Por encima de la ley nadie. Solo Yo.

Pero ¿qué podemos hacer? Siendo una eterna optimista, hace unas semanas organicé, junto con un gran equipo, un Congreso para discutir todos estos temas con la participación de increíbles y comprometidos expertos junto con quienes llegamos, entre otros puntos, a la conclusión de que solo la sociedad civil organizada puede motivar, impulsar y presionar cambios. Y como diría el cineasta Fernando Birri: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar.” Sigamos caminando entonces, aunque el camino se anuncie sinuoso, México lo vale.

[1][1] Fifí: m. y f. coloq. Arg., El Salv., Méx. y Ur. Persona presumida y que se ocupa de seguir las modas. U. t. en apos. Diccionario de la Real Academia Española

[2][2] Mexicanismo definido por el COLMEX en su diccionario del español de México como: s y adj (Ofensivo) Persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes.

[3][3] Varios autores han definido las características que distinguen a todo populista. Por ejemplo, Jan-Werner Müller en su libro “What is populism” establece 11 rasgos: Antielitismo (culpa a las élites de colocarse de espaldas a las necesidades del pueblo.); Exclusivismo (él es el auténtico representante del pueblo, el resto los enemigos); Caudillismo (él es el gran intérprete de la voluntad popular, su palabra se convierte en dogma sagrado y se coloca por encima de todas las instituciones); Adanismo (la historia comienza con él, sus antecesores traicionaron al pueblo y él ha llegado para reivindicarlo); Nacionalismo (relacionado con proteccionismo, aislacionismo); Estatismo (todo recae en el Estado, es decir, él); Clientelismo (generación de una gran base de apoyo popular basado en la entrega de dádivas y recursos); Centralización de todos los poderes (controla el sistema judicial y el legislativo, busca acabar con la separación de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas); Control y manipulación de los agentes económicos; Doble lenguaje (las palabras adquieren una significación diferente: “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión; patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo);  No existe la tolerancia ni la diversidad (se utiliza un lenguaje de odio y división). Benjamin Moffitt en su obra “The Global Rise of Populism” señala, como primero, “los malos modales”, es decir, estilos directos y confrontativos contrarios al comportamiento del político tradicional que los lleva a perpetuar estados de crisis. Para Torcuato Di Tella en “Populismo y Reforma en América Latina”, el populista conjuga carisma con un discurso anti-elitista que le convierte en casi objeto de un credo para masas aspiracionales de un representante cercano y alejado del status-quo que, además, les permita participación de los bienes y decisiones políticas. El español Antonio López Rodríguez dice en “La política fiscal de los gobiernos populistas latinoamericanos. Entre la intencionalidad política y la viabilidad económica” (Working paper galardonado como mejor trabajo de investigación), que el populista mandata políticas basadas en el incremento del gasto público y social con el objetivo de incorporar a los grupos “excluidos” mediante el clientelismo.

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