domingo , enero 17 2021

Un caso más de incongruencia e ineptitud morenista

Carlos Aly Paz López

A lo largo de la historia, los seres humanos se han dedicado a construir las condiciones necesarias que le permitan cumplir con una tarea elemental: su supervivencia. Es innegable que, para lograr dicha supervivencia, se requieren de bienes materiales que solo pueden ser obtenidos a través del trabajo. De manera tal que, a decir de Friederich Engels, el trabajo “es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”. El alimento, la ropa, nuestra vivienda, el transporte, entre otro “inmenso arsenal de mercancías”, solo pueden llegar a nuestras manos gracias a la actividad de miles de personas que se ocupan en diversas actividades productivas que interactúan entre sí a través de lo que se conoce como mercado. Dejando un poco de lado, por obviedad, la función del dinero como mercancía general de intercambio, baste con hacer una simple afirmación: usted necesita una mercancía que le satisfaga una necesidad, debe comprarla; necesita dinero, ocúpese en una actividad productiva. La fórmula, a primera vista, parece muy simple, sin embargo es más compleja de lo que parece.

Bajo una sociedad predominantemente capitalista, intentar emplearse en una actividad productiva puede resultar un terrible calvario, pues la consigna del capitalista no es la satisfacción de necesidades humanas per se, sino la obtención de la máxima ganancia posible. Entre otras, una de las formas capitalistas de obtención de ganancia, es a través de un exiguo salario a los trabajadores, el cual solo puede ser aceptado bajo la condición de existencia del desempleo. Si un trabajador no quiere aceptar ese bajo salario, para el capitalista no importa, puesto que siempre podrá contar con otros cientos de hombres o mujeres desempleados dispuestos a aceptarlo con tal de no morir de hambre. Así, pues, estos cientos de desempleados, que constituyen lo que Marx llamó ejército industrial de reserva, terminan siendo una condición sine qua non de existencia del capitalismo.

En nuestro país, por supuesto, el desempleo no es un asunto nuevo. Si bien la pandemia mundial del Covid-19 vino a agravar el problema, la estructura productiva con que contamos, no había alcanzado a cubrir la demanda de trabajo de una parte de la Población Económicamente Activa que asciende a un aproximado de 57,328,364 mexicanos. Actualmente, la tasa de desocupación es de 4.7% de acuerdo con el INEGI; con una simple operación matemática, caeremos en la cuenta de que casi 2 millones 700 mil personas no cuentan con un empleo para garantizar el sustento diario. Pero la población que se encuentra ocupada, ¿realmente pude hacerlo? Veamos. Del total de personas ocupadas, el 56% se desempeña en un empleo informal, es decir, en actividades tales como venta ambulante, trabajo de servicio o doméstico, limpiaparabrisas, albañilería, plomería, electricidad, entre otras; las cuales no cuentan con un ingreso fijo o este es muy bajo.

¿De dónde surge este empleo informal? Como decía al principio de este artículo, el ser humano siempre busca la manera de sobrevivir, por lo que la gente que el capitalismo ha relegado al desempleo, se vio en la necesidad de vender papitas, dulces, ropa, juguetes o demás mercancías para poder hacerse de un pequeño ingreso; y si a ello le sumamos que no pueden pagar la renta de un local fijo, el ambulantaje es su única opción. Así, pues, la informalidad y el ambulantaje no son una simple necedad, sino una consecuencia misma del capitalismo mismo; sin embargo, ahora que el sector informal y el ambulantaje se le salieron de las manos y amenazan la ganancia que siempre ha buscado proteger, busca acabar con él a toda costa. ¿Cómo lo hace? No incrementando o desarrollando la estructura productiva, sino a fuerza del garrote del aparato gubernamental, que siempre le ha servido como perro guardián de sus intereses, papel que no ha cambiado con la 4T.

Esta última situación se ha venido recrudeciendo en Puebla. Los comerciantes informales de la capital (sobre todo los adheridos al Movimiento Antorchista) han sufrido acoso, extorsión, amenazas, secuestro de su mercancía y otras lindezas por parte de las autoridades municipales morenistas encabezadas por Claudia Rivera Vivanco. La alcaldesa, a la que poco o nada le vale el título de economista puesto que no alcanza a entender la raíz del problema, se he empeñado en agotar el comercio informal con el uso de la fuerza bruta. A través de su Secretario de Gobernación, René Sánchez Galindo, con la complicidad de algunos medios de comunicación, se ha encargado de criminalizar a las victimas acusándolos de agresión, robo, asociación delictiva y grupos de choque. ¡Bonita fregadera!

Querer terminar con el comercio informal a través de la violencia y la represión, demuestra no solo la nula comprensión de un problema de corte estructural, sino la falta de sensibilidad, empatía y solidaridad hacia los pobres que se ocupan en dichas actividades; demuestra, sobre todo, que MORENA no solo no es la esperanza de México, sino que es igual o peor que todos los gobiernos anteriores y, por lo tanto, es indispensable despojarlos del poder que los envilece.

Los antorchistas, desde luego, defenderemos con denuedo a todos los comerciantes que se encuentran bajo el fuego enemigo de MORENA y, aunque nos sabemos vulnerables, confiamos plenamente en la razón y en la fuerza popular. Que no se les olvide a los yurodivi lopezobradoristas que nos gobiernan, una de las máximas de su mesías: “el pueblo es sabio”, porque seguramente se las cobrará en las urnas.

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