Marcela Jiménez Avendaño
La descripción de explotación laboral y económica infantil se remonta a la narrativa social del siglo XVIII y a la Revolución Industrial que dejó una estela de niños muertos en las fábricas, en las minas, en el campo y en la ciudad, aunque ello no niegue que esta práctica es ancestral.
Desde entonces es una constante la descripción en todo el mundo de condiciones inaceptables en que se desarrolla el trabajo de los menores. Desde luego que en los países desarrollados es mucho menor que en países subdesarrollados como el nuestro.
En gran parte del orbe está prohibido el trabajo infantil, de hecho, en México existe dicha prohibición, sin embargo es en los hogares y al interior de las familias en que se generan espacios para su violación tanto que, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI 2007, 3.6 millones de niños de entre los 5 y 17 años trabajan (12.5% de la población infantil o 1 de cada 8); de entre ellos, 1.1 millones son menores de 14 años (edad mínima para trabajar según la Ley Federal del Trabajo); 24% se concentra en tres entidades: Estado de México, Jalisco y Puebla; y también casi 24% de los niños trabajadores menores de 14 años reside en Puebla, Jalisco o Guerrero.
Obviamente, es de esperarse la nula protección laboral de nuestros menores aunque jurídicamente desde 1917 merecen atención especial en la Carta Magna que prohibía su trabajo antes de los 12 años y posteriormente la Ley Federal del Trabajo en los 60´s aumenta la edad a 14 años. Pese a estas prohibiciones aún se requieren de las disposiciones civiles y penales que sancionen a los explotadores infantiles, por ejemplo, en mucho serviría un Código Federal del Menor.
Y solo por aclarar, la edad en nada debiera ser condicionante de la disminución de las garantías individuales o sociales de nuestros niños.
Ahora bien, por desgracia las causas de esta práctica son multifactoriales aunque la pobreza ocupa el primer lugar, de igual forma opera la creencia de que los niños a los que se les obliga a trabajar serán más responsables y apreciaran mejor sus pertenencias por tener conocimiento directo del costo del trabajo y del dinero.
El siglo XX generó personajes infantiles en la novela y en el cine que apenas adolescentes eran portadores de una gran carga sensual. Ello desarrolló una industria de explotación infantil en los espectáculos, al punto de que se creó toda una subcultura decadente de la trata y explotación sexual de infantes.
En este siglo estamos sorprendidos de una narrativa insistente en que nos informamos de trágicas vidas de niños sometidos a las peores prácticas de explotación a sus personas por adultos enfermos y que no merecen ser llamados humanos. Pero este será tema de otro artículo.
Los adultos del presente debemos de sobreponernos a una educación en que idealizamos el mundo, sobre todo cuando nos encontramos frente a una realidad en que se explota a los niños de distintas formas de lo más aberrantes y que, por lo tanto, debemos de condenar nuestra forma de vida y admitir que vivimos una de las etapas más tristes y degradantes de nuestra historia, en que millones de niños viven el infierno en la tierra.
Por eso, este día te invito, amiga y amigo, a comprometerte y crear un México en que el centro de nuestra atención sea el bienestar y el desarrollo integral de los niños y los jóvenes; a que juntos propugnemos por mejores leyes, por mejores gobiernos y mejores servidores públicos, por una mejor sociedad y mejores familias que garanticen que nuestros niños sean absoluta e integralmente respetados
Pero en tanto lo logramos, nos leemos la próxima semana….










