Marcela Jiménez Avendaño
El término de “tormenta perfecta” o “Superstorm” para el huracán Sandy, surge por el hecho de que ya había sido previsto se presentaran tormentas como ésta, que hace unos días afectó severamente el este de los Estados Unidos y que, incluso, motivó hace años la filmación de una película con justo ese nombre (Un equipo de científicos intenta hacer controlar el tiempo y al hacerlo desvían un huracán que amenaza a los EE.UU).
Pero a la par del fenómeno meteorológico cuya fuerza y destrucción se debió a la coincidencia de varios factores y que hoy se cuenta en al menos 50, 000 millones de dólares en daños, el sistema de transporte público y eléctrico colapsado -casi 8 millones de personas se quedaron sin luz en 15 estados de la Unión Americana y hoy quedan al menos 1 millón sin servicio de electricidad-; la paralización de las actividades económicas; miles de pérdidas materiales y más de medio centenar de muertos; nuestros vecinos están inmersos en un proceso electoral sumamente competido que culminará hoy y en donde Sandy también ha jugado un papel preponderante en la intención de voto hasta hoy de pronósticos reservados.
Durante la contingencia ambos candidatos jugaron bien sus cartas. Por un lado, el demócrata Barak Obama dejó de lado su papel como contendiente para atender la emergencia en su rol de Presidente actuando de forma inmediata y preventiva con constantes y permanentes apariciones televisivas para informar a la población; manteniendo reuniones con su gabinete y gobernadores de los estados afectados, destinando recursos inmediatos tras la declaratoria de emergencia y, en resumidas cuentas, actuando como líder fuerte y solidario.
Por otro lado, el republicano Romney que pareciera la situación no sería en nada ventajosa al convertirse en mero espectador, encontró la forma perfecta de seguir haciendo campaña sin ofender a la población para quienes sus preocupaciones estaban centradas en el paso de Sandy, y ello lo logró convirtiendo sus actos de campaña en eventos de ayuda y apoyo a las víctimas generándose a sí mismo una imagen de cercanía y solidaridad.
Ahora bien, como la mayoría sabe, bajo el sistema político americano los representantes populares que serán renovados –Presidente y miembros del Senado y Cámara de Representantes- arriban a partir de ganar al menos 270 votos electorales de los 538 dotados por cada uno de los estados de la unión –cada uno representa un número diferente dependiendo de su densidad poblacional-, es decir, a diferencia de nosotros, la lucha por el poder no se da en el voto popular sino en los colegios electorales.
Es así que estados como California y Texas, con 55 y 38 votos electorales respectivamente, representan un buen porcentaje del total, aunque para el caso de estos estados en particular la contienda está ya definida pues tradicionalmente el primero es demócrata y el segundo republicano. De modo que la verdadera batalla se da en aquellos estados que no tienen un apoyo sólido para ninguno de los partidos. De ahí que la lucha real se está dando en estados que no están muy definidos como Virginia, Ohio o Wisconsin; o en grupos poblacionales específicos como los hispanos o votantes menores de 30 años en donde, por cierto, los demócratas tienen una leve ventaja como en Florida, Iowa, Carolina del Norte, Nevada y Pensilvania; mientras los republicanos la mantienen en Colorado y Nueva Hampshire.
Siendo Estados Unidos un sistema auténticamente bipartidista, cada elección muestra una partición en dos de la intención de voto de la población de forma muy cerrada, tanto que lo que realmente se pelea cada cuatro años es quitarse votos entre sí apelando a una muy pequeña franja de votantes indecisos, blandos o independientes.
En este sentido, el caso latino es sumamente interesante, tanto que ambos candidatos han hecho campaña incluso en español con el objetivo de atraerse el mayor porcentaje de este voto que representará el 11% de la votación total. Aunque, cabe señalar que, según varios estudios, la comunidad hispana, en su mayoría, es proclive a los demócratas en una relación de 3 a 1.
Pero dejando de lado las predicciones y análisis, lo que es cierto, es que este empate en la intención electoral de los estadounidenses demuestra que existe un alto nivel de enojo y desilusión hacia la gestión de los demócratas producto de la generación de altas expectativas hace 4 años especialmente en el rubro económico y que no fueron satisfechas -te lo digo Obama para que me escuches Peña- lo que les ha restado un buen porcentaje de votos blancos; mientras que las políticas y posiciones radicales republicanas le han costado a Romney avanzar entre las minorías en donde apenas logra un 28% de apoyo hispano y un 5% afroamericano.
En conclusión, de ganar Obama lo hará gracias al apoyo de las minorías étnicas y no por el voto blanco, su reelección dependerá de su capacidad para motivar su participación ya que tradicionalmente no son muy adeptos a votar a lo que se suma el agravante de Sandy y su devastación en al menos dos estados demócratas New York y New Jersey. Mientras, Romney ganaría sin el apoyo de las minorías que, por cierto, están en proceso de convertirse en la nueva mayoría, en donde su triunfo dependerá de lograr cierto apoyo de estos grupos y no dejarle el pastel completo a los demócratas.
Pero en tanto conocemos los resultados, nos leemos la próxima semana….




