Los agujeros negros son una manera de entender al universo actualmente, ya que éste no ha sido eterno, indicó Óscar Martínez Bravo, profesor investigador de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la BUAP.
Explicó que éstos en un inicio fueron producto de la imaginación, ya que el clérigo John Michell, al razonar sobre la velocidad de escape, planteó ¿qué pasaría si hubiera una estrella de 500 veces la masa del Sol, ésta brillaría?
La idea central de los hoyos negros es la velocidad de escape, la cual está relacionada con la masa del objeto. Por ejemplo, si una persona quisiera escapar de la Tierra tendría que brincar con determinada velocidad para evitar la influencia de la gravedad, por eso se llama velocidad de escape.
Así que calculó la velocidad de escape para una estrella de esa masa, «si quisiera salir de ella necesitaría moverme más rápido que la velocidad de la luz, por lo que ni la luz podría salir de esa estrella».
A este tipo de objetos Michell les llamó estrellas congeladas, «si existieran esas mega estrellas no serían brillantes, de ahí surgió la idea de un objeto negro, ya que es tan intenso el campo gravitacional que ni la luz puede salir». Un hoyo negro se refiere a eso, «no es que tengan ese color, sino que no pueden emitir luz», destacó el académico.
Posteriormente, Pierre-Simon Laplace, padre de la mecánica teórica moderna, propuso un modelo de manera seria y detallada, logrando determinar el tamaño máximo de las estrellas. Después Subrahmanyan Chandrasekhar, el primer astrofísico moderno, determinó la masa mínima de una estrella que se pueda volver hoyo negro.
Martínez Bravo expuso que los agujeros negros no se ven directamente, pero se puede intuir su presencia por las consecuencias en su entorno. Para tener evidencia de su existencia se dividen por su masa en tres grupos:
Estelares (de masa mayor a 1.5 masas solares), los cuales se han encontrado por la emisión de rayos X y rayos gamma del material que es acelerado violentamente al caer en este objeto. La primera fuente de este estilo se llama Cygnus X1 (la fuente más intensa de rayos X de la constelación del Cisne detectado en 1964).
También están los hoyos negros supermasivos (con masas de millones de veces la masa solar), que fueron los primeros en descubrirse y viven en el centro de las galaxias. Tal es el caso de M87, la galaxia con núcleo activo más cercana que forma parte del llamado Cumulo de Virgo.
El investigador abundó que esta galaxia emite mucha más energía que la producida sólo por las estrellas que la forman, por lo que se requiere de un mecanismo adicional, que fuera muy poderoso y además estuviera ubicado en una región muy pequeña de su núcleo.
«Esta configuración se le conoce ahora como el modelo unificado de galaxia con núcleo activo y básicamente se compone de un hoyo negro supermasivo, rodeado de un disco por donde cae el material a él y unos chorros gigantes, perpendiculares al mencionado disco, de extensiones enormes».
Por último están los mini agujeros negros, «que se formarían si pudiéramos comprimir una montaña al tamaño de una partícula subatómica». Con la puesta en marcha del LHC (Gran Colisionador de Hadrones), se llegó a pensar en la creación de este tipo de objetos y la eventual destrucción de la Tierra.
Este último tipo de hoyos negros se ha predicho pero nunca se ha detectado, «por lo que la cacería de nuevas partículas y el estudio de la materia en estados muy cercanos al inicio de todo, seguirán realizándose sin problemas en este mundo», concluyó Martínez Bravo.











