Jesús Macuil.-
En un país marcado por la desigualdad, la injusta distribución de la riqueza, la descomposición social, la violencia y el narcotráfico, la organización colectiva no es solo un discurso: es una necesidad histórica.
Las colonias populares surgidas de la lucha organizada en el Movimiento Antorchista demuestran que el pueblo, cuando se une y lucha, puede conquistar derechos que el sistema capitalista le niega.
Las colonias antorchistas son prueba de ello. Los colonos que ahí habitan no sólo han conseguido vivienda, servicios básicos, educación y espacios de recreación; también han construido comunidad, fortalecido la fraternidad, haciendo contrapeso al individualismo que impone el sistema. Ahí, el vecino deja de ser un extraño para convertirse en compañero de lucha.
La organización permite un desarrollo integral: infraestructura, sí, pero también cultura, educación y deporte, porque el pueblo no solo necesita sobrevivir; tiene derecho a desarrollarse plenamente, recrearse y elevar su conciencia social.
De esa lucha nacen la fraternidad y la solidaridad. No son casualidad, sino resultado del esfuerzo compartido y de comprender que el bienestar verdadero debe ser colectivo, no individual.
Además, este proceso, a través del estudio y la politización, forma ciudadanos conscientes, capaces de entender su realidad y transformarla. Y eso es precisamente lo que incomoda a los poderosos: un pueblo organizado, informado y dispuesto a luchar por sus derechos.
Por eso, la organización popular no solo construye colonias; trabaja todos los días para mejorar las condiciones de vida de millones de mexicanos. Frente a un sistema que divide y fomenta el egoísmo, la unidad sigue siendo, hoy más que nunca, la mayor arma que tiene el pueblo para construir una patria más justa, digna y soberana.














