Pablo Soriano.-
Tengo un joven amigo a quien quiero entrañablemente. Es empleado en una farmacia que, a su vez, es parte de una cadena farmacéutica de regular renombre. Antes trabajó en otra farmacia de otra cadena de este mismo giro comercial.
El año pasado conoció la emoción de los trabajadores ante la expectativa de recibir el esperado repartido de utilidades; había quien necesitaba un extra de dinero para comprarle una computadora a su hijo; otro ya se había endrogado por haber comprado material de construcción para levantar un cuarto para su hija; otro más necesitaba dinero para pagar la curación de su madre enferma, etc., etc., era, pues, un mes esperado con ansias por la mayoría de los trabajadores.
Bueno, la empresa no los defraudó, ya que, efectivamente, ese año fue en general bueno para las ventas. Todos recibieron algo de dinero. Mi amigo también, con lo que pudo comprarle una lavadora nueva a su madre.
Por problemas de horario, pues no se ajustaba con sus estudios universitarios, tuvo que buscar otra empresa. Muy pronto fue contratado en donde actualmente labora. Y otra vez, llegó mayo, este que acaba de finalizar; sus nuevos compañeros de trabajo, como los anteriores, llenos de deudas y proyectos, esperaban que llegara la quincena con ese dinero extra que es el reparto de utilidades.
¡Oh, suerte perra!
El primer compañero que abrió su sobre lanzó una maldición que todos escucharon:
—¡Váyanse mucho a la ch…! ¡Eso es una burla! ¡Dos pinches pesos recibí de utilidades!
Otro más recibió cinco, otro recibió 40, y así… todos los demás. Mi amigo tuvo mejor suerte, pues recibió 180 pesos.
Con indignación, mi amigo fue a hablar con algunos “líderes” del sindicato charro de la empresa:
—¿Qué pasó? ¿Por qué recibimos esto? Es como recibir una mentada de madre.
La respuesta:
—“Cálmate compañero. No hables ni ofendas si no sabes. Ya revisamos las cuentas, y está todo justificado. Había algo de dinero, pero los patrones consideraron necesario arreglar algunas secciones de la empresa que estaban muy deterioradas, como los baños y la pintura general. Es para beneficio de todos. No hay más qué hacer”.
¡Púdranse en el infierno todos los patrones junto con sus gatos del sindicato!
El reparto de utilidades es un derecho establecido en el Artículo 123 de la Constitución y en el Capítulo VIII de la Ley Federal del Trabajo.
El 10 por ciento (¡el mísero 10 por ciento!) de las ganancias de la empresa durante un año, ganancias que sólo fueron posibles por el trabajo de todos los empleados, debe ser distribuido entre los trabajadores… ¡Eso dice la ley!
Pero está claro que los patrones y los sindicatos, a la ley se la pasan por el arco del triunfo. Está claro que los trabajadores no tienen defensa contra las artimañas, contra las simulaciones de los capitalistas y su primera línea de defensa que son los “líderes sindicales”.
El gobierno también simula. Difunde la obligación patronal de hacer el reparto de utilidades, y se compromete a intervenir en los casos en que los patrones no cumplan; pero, en primer lugar, eso requiere la existencia de un sindicalismo comprometido al cien con los obreros, que luche por sus agremiados sin claudicar ante las amenazas o el brillo del oro patronal. En segundo lugar, si el asunto llega a las instancias que el gobierno ha establecido para conocer y, en su caso, resolver estas controversias, nada garantiza que se haga justicia a los trabajadores, pues esas instancias, aparte del tortuguismo con que proceden, también están ahí para, en última instancia, cuidar los intereses de los patrones.
Los trabajadores están contra la espada y la pared, ya que no pueden protestar ni saben cómo hacerlo organizadamente; además, saben que en cuanto empiecen a protestar serán echados a la calle y hasta golpeados por los gorilas del “sindicato”; y el hecho de quedarse sin trabajo los coloca ante la angustia de no tener dinero para enfrentar todos los gastos que surgen en la familia. Así que prefieren aguantar callados esta ignominiosa situación laboral.
Ciertamente vivimos una nueva esclavitud. Los esclavos están ahí juntos, trabajando sincronizadamente, dependiendo unos de otros para beneficio del patrón, esperando ansiosos las migajas que ayuden a paliar el hambre de su familia.
Esclavos modernos: ¡despierten, organícense y luchen!












