Ana Paola Flores León.-
Hace un mes, dos crímenes brutales sacudieron a la Ciudad de México: el asesinato a plena luz del día de Ximena Guzmán y José Muñoz, funcionarios de alto nivel del gobierno capitalino, ambos de Morena. Los mataron de manera precisa, casi quirúrgica, en una de las avenidas más transitadas del país, a plena hora pico y el asesino se marchó sin que nadie lo detuviera. Lo que siguió fue predecible: unos días de escándalo en los medios, algunas declaraciones oficiales y, luego, el silencio absoluto.
Más allá de estos casos, que son sin duda terribles, lo cierto es que no son los únicos. En todo el país hay homicidios que se acumulan sin castigo, desapariciones que nadie investiga seriamente y miles de familias que buscan a sus seres queridos sin apoyo del Estado. La famosa estrategia de “abrazos y no balazos” no solo ha fracasado: se ha convertido en una de las grandes mentiras de este gobierno.
¿Podemos decir que en México hay Estado de derecho? El Estado de derecho implica que todos —gobierno, instituciones y ciudadanos— estamos sujetos a la ley. Pero la realidad dice otra cosa: en este país, la ley la impone el más fuerte. El que tiene poder, dinero o relaciones políticas. El resto, tiene que aguantar.
Los crímenes contra integrantes de organizaciones sociales tampoco son la excepción. Ahí está el asesinato, todavía impune, de Conrado Hernández, su esposa Mercedes Martínez y su hijo Vladimir de seis años en Chilpancingo. Fueron asesinados brutalmente. Nadie ha sido detenido. Nadie ha rendido cuentas. Nadie ha querido resolverlo. ¿Su único delito? Ser parte del Movimiento Antorchista.
Este tipo de crímenes son reflejo de un país de donde la violencia ha enraizado y donde las instituciones ya no tienen legitimidad ni capacidad real para impartir justicia. Se habla de una transformación nacional, de un nuevo sistema de justicia. Pero en los hechos, no se castiga a los culpables, no se protege a las víctimas y se persigue a quienes levantan la voz.
Todo esto es el resultado de un sistema económico que ha dejado de servir al pueblo. Vivimos en una época donde se produce más que nunca, pero las ganancias se quedan en manos de unos pocos. Las grandes empresas se automatizan y logran ganancias inimaginables. Mientras tanto, la televisión y las redes nos bombardean con una vida de harto consumo, como si la felicidad se comprara en mercancías. Así se fabrica la frustración, la desesperación y también la violencia.
El sistema está podrido. Y mientras sigamos creyendo que el cambio vendrá de arriba, no habrá salida. ¿Qué nos queda a quienes vivimos del trabajo diario? Organizarnos. Ayudarnos, escucharnos y salir a exigir lo justo. Porque solo juntos podremos frenar a la injusticia y construir un país con una mejor calidad de vida.
Como dijo Gramsci: estamos en un tiempo donde lo viejo ya no sirve, pero lo nuevo aún no nace. Nos toca a nosotros ser ese nacimiento. No por esperanza vacía, sino por necesidad y dignidad.








