¿Cómo piensa hoy el pueblo?

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El presidente de la República no se cansa de repetir que, gracias a la democracia participativa que ha puesto en práctica, el pueblo mexicano ya cambió, ya despertó y ya no se deja engañar por las mentiras de los políticos corruptos ni por los intelectuales a su servicio, voceros nostálgicos del pasado neoliberal que solo enriqueció a la mafia del poder. Ahora es diferente, dice, el pueblo ya conoce sus derechos, reconoce a sus verdaderos representantes y los apoya y defiende decididamente.

Yo no tengo duda que un pueblo bien educado, politizado y consciente, no solo de sus derechos sino también de sus circunstancias, del mundo que lo rodea y de los problemas básicos que enfrenta, debe ser la meta a perseguir por un gobierno en cualquier época y lugar. Porque solo un pueblo así es realmente capaz de sostener y arrastrar hacia delante, al mismo tiempo, a la sociedad en que vive y de la que vive. Pero sé con toda seguridad, porque me lo ha enseñado la experiencia y porque conozco lo que sobre esto han dicho y escrito algunos de los grandes líderes de masas del mundo, que lograr la transformación intelectual de un pueblo entero es la tarea más difícil, la más laboriosa y tardada a que se enfrenta un verdadero transformador de la conciencia social de las masas trabajadoras. De aquí precisamente surge mi duda: ¿qué tanto hay de cierto en los milagrosos efectos transformadores de la democracia participativa? Es más, ¿qué tan auténtica es esa misma democracia participativa?

Yo entiendo por democracia participativa la participación organizada (la repetición es intencional), independiente y sistemática del pueblo en la gestión de los asuntos del país, tanto los que le atañen directamente como los que afectan a todo el conjunto social, del que forma parte orgánica y contribuye a la conservación y reproducción de su vida, que es, al mismo tiempo, garantizar la suya propia. El pueblo pone de manifiesto su educación política y su conciencia social en el carácter de los problemas que aborda y de las soluciones que propone para los mismos. En ello refleja siempre su espíritu igualitario, su solidaridad con los demás sectores y su pleno respeto a los derechos legítimos de todos sus semejantes. Esto es lo que lo distingue de las clases altas, siempre egoístas e insensibles a los sufrimientos ajenos. Un gobierno inclinado hacia los intereses populares es siempre hijo y no padre de la auténtica democracia participativa. Esta es la principal contradicción del discurso de López Obrador.

En el México de la 4T, el pueblo despierto y organizado y actuando por iniciativa propia en los asuntos nacionales no se ve por ningún lado, y sí, en cambio, se mira y se oye con bastante frecuencia el accionar de los órganos represivos del Estado (tanto la fuerza pública como el aparato jurídico, convertido en instrumento de persecución y amenaza para los opositores) al menor intento de las masas por sacar su protesta e inconformidad a las calles.

La “democracia participativa” que opera en los hechos, se reduce a convocar a las masas, casi siempre sin la información mínima ni preparación previa de ningún tipo, para que acudan a las urnas y decidan con su voto sobre asuntos que le son totalmente desconocidos o apruebe decisiones previamente tomadas por el presidente de la República. Esto, en buena ley, no es democracia, y menos participativa; es manipulación pura y simple, aunque el presidente jure y vuelva a jurar que todo se hace pensando en el beneficio del pueblo mismo. La persona que se ve forzada a decidir sobre un problema que le es totalmente ajeno o se le pone una papeleta delante para que conteste con un escueto sí o no sobre la pertinencia de una medida que tampoco conoce, no ejerce en ese acto su libre y soberana voluntad democrática, sino que es víctima de un censurable acto de imposición. Y con mayor razón deben calificarse de ese modo, como sucia manipulación de los más débiles e indefensos, esos eventos de “democracia participativa” en que, para asegurarse la asistencia masiva a las urnas, se recurre a la presión, al soborno, a la mentira o al abierto chantaje.

Los actos de esta naturaleza que el propio presidente López Obrador ha calificado de demostración palmaria de la existencia (y de ejemplos modélicos al mismo tiempo) de su “democracia participativa”, son pocos y bien conocidos por todos: la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la de la fábrica de cerveza de Constellation Brands en Mexicali, B.C., la consulta sobre el enjuiciamiento de los ex presidentes de la República y la revocación de mandato del propio López Obrador. El caso de la cervecera se decidió por votación a mano alzada de los asistentes a un mitin; en los demás, sí se recurrió a la votación por papeletas. La consulta para la cancelación del NAICM no tuvo ninguna seriedad formal y la podemos dejar a un lado; de las dos restantes, en la relativa al enjuiciamiento de los ex presidentes se respetó la libre decisión del ciudadano de asistir o no a las urnas y fue un sonado fracaso: de los más de 35 millones de votos que se requerían, apenas se reunieron unos ocho millones.

Al parecer, fue este fracaso el que convenció a los Morenos de que en futuras consultas deberían aplicar métodos más eficaces si querían llevar a la gente a las urnas, y los mecanismos escogidos para tal efecto se pudieron apreciar claramente ya en la revocación de mandato: amenazas veladas, presiones, engaños, promesas, compra de votos, chantajes y acarreos a la hora de la votación. Esas medidas de “democracia participativa”, además, corrieron a cargo de servidores de la nación pagados con dinero público, empleados y funcionarios a todos los niveles de gobierno, que violaron la ley electoral que les prohíbe participar en tales “tareas”, todo en el afán de promover el mayor número de votantes. Para hacerles llegar los mensajes y la propaganda, emplearon todas las vías de comunicación posibles: espectaculares, videos, llamadas por teléfono, volantes “clandestinos” metidos bajo las puertas, caricaturas, memes, esquematizaciones con “monitos”, etc. Fue así como lograron unos quince millones de votos, muy inferior a la cantidad necesaria para validar la consulta (más de 37 millones). Se ha documentado que hasta para llenar el zócalo en los AMLO-Fest, se recurre al acarreo, las tortas y los refrescos.

Hoy acabamos de presenciar la elección de los nuevos consejeros que integrarán el congreso nacional de Morena que, a su vez, elegirá a los premiados con alguna candidatura en las elecciones que se avecinan, incluida la del próximo presidente o presidenta de la república. Y lo que sucedió nos reafirma en la idea de que la “democracia participativa” es más bien un auténtico herradero donde la manipulación, la transa, la deshonestidad y el acarreo final de los electores es la única y verdadera lección para las masas, muy lejos de lo que pregona con tanto orgullo el presidente López Obrador. “Quema de urnas, acarreo, enfrentamientos y compra de votos en elección de consejeros de Morena” (Reporte Índigo, 31 de julio); “Se ensucia la interna de Morena, se reportan acarreos y compra de votos” (La Política Online, 30 de julio); “Por segundo día, registran agresiones y acarreo en elecciones internas de Morena” (EL UNIVERSAL, 31 de julio); “Se quejan en redes sociales de más excesos en la elección de morenistas” (La Jornada, 31 de julio).

Son solo algunas muestras que respaldan lo que acabo de decir. Todos los reporteros aclaran que su información está documentada con fotos, videos, audios y declaraciones de testigos presenciales, la mayoría de ellos morenistas inconformes con las maniobras ilegales de que se sienten víctimas y que amenazan con denunciar ante la autoridad correspondiente. Omito aquí, para no hacer demasiado farragoso este artículo, otras maniobras de muy dudosa legitimidad, como la afiliación a Morena de muchos votantes a pie de urna, que exigían votar porque tenían que mostrar la evidencia a sus líderes, so pena de perder la pensión; la prepotencia de algunos poderosos del partido, los golpes, las agresiones verbales, quema de urnas y otras lindezas de la “democracia participativa”.

Y ¿qué educación revolucionaria se dejó ver y sentir en estos eventos penosos?   “«No quiero perder mi pensión» dicen adultos mayores que votan en elección de Morena” dice Luis Carlos Rodríguez en EL UNIVERSAL del 31 de julio. “«No nos obligan, pero sí nos comentan que si no participamos y no se mantiene este gobierno en 2024 pueden desaparecer las pensiones. Hay que apoyar para que sigan», comentó don Aurelio, de 75 años. Empacador en un centro comercial de Calzada del Hueso y Miramontes, acudió ayer sábado, como cientos de adultos mayores, a afiliarse a Morena y participar en la elección de consejeros. «La petición fue clara por parte de los dirigentes de Morena en Culhuacán y de las señoritas que nos tramitan la tarjeta de adultos mayores: o participamos o está en riesgo la pensión en 2024. No es acarreo, no lo veo así, pero sí nos insistieron mucho», dijo a EL UNIVERSAL… Sin embargo, el adulto mayor emitió su voto en medio de las viejas modalidades del priismo del pase de lista, del acarreo en microbuses y hasta la velada advertencia de participar o se eliminará la pensión del Bienestar”.

Este es el resultado de la “nueva” educación de la 4T. Humildes y necesitados trabajadores en el umbral de la ancianidad, no alcanzan a ver presión ni chantaje en la insistencia de los abusivos y aprovechados morenistas para que asistieran a votar, ni ven amenaza alguna en la advertencia de perder la pensión, sino solo “advertencia”, casi un favor para ayudarlos a conservar su pensión. Como señala el propio reportero, ni los métodos de presión y manipulación, ni la sumisión de la gente obligada por su necesidad son nuevas, vienen desde los ya remotos inicios del PRI. ¿Dónde quedó, entonces, el efecto educativo-revolucionario de la “democracia participativa”?

Un último y conmovedor ejemplo: “…don Nicolás llegó desde el pueblo de Culhuacán, en los rumbos de Taxqueña. Casi no puede caminar porque, además de sus 85 años, tiene artritis. Fue llevado por su esposa, doña Josefina, de 79 años y su nieta. «No tenemos silla de ruedas y es muy difícil traer a mi abuelito, pero les dijeron que era necesario que voten para que les sigan pagando la pensión», externó Érika, nieta de la pareja”. Uno no sabe realmente qué decir ante la indefensión moral e intelectual de esta pobre gente, que no tiene siquiera la iniciativa de cambiar su voto por una miserable silla de ruedas a los morenistas que la obligan a votar por su gente. ¿Qué pasó, pues, con la rebeldía revolucionaria que les debería inyectar la “democracia representativa” de AMLO? Y sobre esta miseria material y espiritual está montado el aparato de poder que esgrime la 4T como la redención que los pobres estaban esperando.

Como dije antes, la educación política y la acción organizada de las masas trabajadoras no es tarea sencilla; por el contrario, es el problema más difícil que debe enfrentar todo verdadero revolucionador de las conciencias, y no está al alcance de vendedores de baratijas políticas ni de curanderos sociales improvisados. Ese trabajo requiere de un revolucionador previamente revolucionado hasta las entrañas; y nunca puede ser, además, un individuo aislado, por iluminado que se crea. Tiene que ser, por fuerza, un despertador colectivo, la conciencia organizada de las masas formada y educada expresamente para esa tarea y no para saltimbanqui o funámbulo de los señores del poder y del dinero.

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