Hace pocos días aproveché unos minutos después de dejar a mi hija en la escuela para pasar a una bolería, un negocio que en estos días es más difícil de encontrar que el buen gusto en los corridos tumbados. Conversando con el joven que atendía, me platicaba cómo inició todo: hace 40 años su abuelo —cuyo nombre no mencionó, pero cuya técnica vive en sus manos— empezó con un cajón de bolero en el centro de Puebla, oficio que heredó a sus hijos y luego a sus nietos.
Mientras un joven bolero le devolvía el brillo a mis zapatos —una costumbre que se ha ido perdiendo, basta con mirar al suelo en cualquier reunión para notar el descuido—, no pude evitar pensar en mi trabajo. Llevo ocho años dando clases y, al observar la estructura de la boleria, me surgió una duda: ¿la docencia es una profesión o un oficio?
Curiosamente, la palabra Cátedra significa literalmente «asiento» o «trono». Es el espacio desde donde el profesional ejerce su autoridad académica. Sin embargo, frente a mí tenía otro tipo de «trono»: el banco del bolero. Aunque uno pertenece al auditorio y el otro a la banqueta, ambos comparten la misma esencia: son lugares desde donde se transforma algo. La magia surge justo donde ambas se mezclan; cuando el rigor de la cátedra se encuentra con la humildad y la destreza manual del banco de madera.
Como profesión, la docencia en México es enorme. Según las cifras más recientes de la SEP, existen más de 2 millones de docentes sosteniendo el sistema educativo nacional, atendiendo a más de 33 millones de estudiantes.
Pero detrás de la estadística late el oficio. Erwin McManus, en su libro “El Alma Artesana”, menciona que este espíritu es un llamado a convertir la propia vida en una obra de arte. Desde mi punto de vista, el docente artesano es aquel que, más allá del título, entiende que su trabajo es paciente. En la mano del artesano una pieza nunca es igual a la otra, en la mano del profesor nunca una clase será igual a la del siguiente año, los alumnos cambian, la tecnología cambia, las instituciones cambian, el mismo maestro cambia.
A veces olvidamos el apellido de aquel profesor o el nombre exacto de quien nos dio una lección de vida, pero recordamos la experiencia: la forma en que nos «pulió» el carácter. Esa es la esencia que ninguna estandarización podrá replicar. Es el «ensuciarse las manos» con el proceso del otro.
Como yo lo veo, la docencia debe aspirar a ser esa mezcla perfecta: la estructura de la profesión y el corazón del artesano que moldea pieza por pieza, sabiendo que parte de sí mismo se quedará en sus estudiantes. Y es que, aunque hoy está más presente que nunca los algoritmos que son capaces de ultra personalizar el aprendizaje, el riesgo real no es que la tecnología nos reemplace, sino que las instituciones educativas pretendan sustituir el ‘bordado a mano’ de un maestro por la eficiencia de la Inteligencia artificial “perfecta”.
¿Quién ha sido el maestro que, más que un nombre en una boleta o en un acta de calificaciones, te recuerda a un artesano que ayudó a pulir tu camino? Al final del día, los mejores legados son aquellos que, aunque se vuelvan anónimos, siguen brillando en los demás.
Por el Mtro. Carlos Clemente Ortiz
Coordinador de la Oficina de Emprendimiento de la Anáhuac Puebla










