- El cortometraje del poeta y cineasta Alfredo Guzmán Cayetano aborda una historia de amor entre dos mujeres y recupera recuerdos familiares sobre la vida en la comunidad de Dios Padre, en San Felipe del Progreso, Estado de México
- La producción, realizada por personas de la región, recibió el Estímulo a la Creación Audiovisual en México y Centroamérica para Comunidades Indígenas y Afrodescendientes, de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México
La historia de dos mujeres, el primer amor, el canto y la vida comunitaria se entrelazan en Dueto Charanda, película de corta duración en lengua mazahua del poeta y cineasta Alfredo Guzmán Cayetano, realizada en la comunidad de Dios Padre, en San Felipe del Progreso, Estado de México.
El cortometraje, que arranca su recorrido en circuitos y festivales, recibió en 2022 el Estímulo a la Creación Audiovisual en México y Centroamérica para Comunidades Indígenas y Afrodescendientes (ECAMC), del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), lo que permitió al realizador avanzar en la producción y contar con mayores herramientas, así como una formación junto con otras y otros cineastas de pueblos originarios.
Guzmán Cayetano explica, en entrevista, que la historia parte de una palabra mazahua que se traduce como “dos lunas” y que, recuerda, se utilizaba para referirse a las disidencias sexogenéricas. “Se decía que las personas que eran gays, lesbianas o trans en la comunidad mazahua éramos personas que tenían dos lunas o que nacían dos veces”, comenta.
A partir de tal idea, el cineasta construye una historia de amor entre dos mujeres y recupera recuerdos familiares, en particular experiencias que su madre, su tía y su abuela le comparten sobre la vida en la comunidad. También aborda experiencias como la migración de mujeres mazahuas que salían de sus comunidades para trabajar, en particular en Ciudad de México y Estados Unidos.
La vestimenta tradicional ocupa otro lugar importante en la propuesta visual. Guzmán Cayetano señala que el uso de colores intensos en el vestuario y en el tratamiento de la imagen parte de las tonalidades de la indumentaria mazahua y de su intención de representarla desde una mirada alejada de los estereotipos que durante décadas acompañaron su representación en los medios.
El cine como archivo de una lengua
Realizar Dueto Charanda en mazahua responde a una preocupación personal ante la disminución del uso de la lengua entre las nuevas generaciones de su familia y su comunidad. “Yo ya soy el último hablante de mi familia, entonces también hacer la película es un poco de este miedo de que mi lengua se vaya a extinguir cuando ya no esté mi abuelita, mi mamá o mi tía, porque son con las únicas personas con las que hablo.
“Veo el cine como una forma de archivo de mi lengua, que la gente sepa cómo se escucha, que la gente conozca que, si en el futuro desaparece mi lengua, en Dios Padre se habló mazahua de una manera muy especial”, afirma.
La comunidad también participó directamente en la realización. Guzmán Cayetano conjuntó un equipo técnico conformado por personas mazahuas, familiares y habitantes, quienes se sumaron al rodaje en distintas tareas. El elenco se integra en su totalidad por personas mazahuas. A la producción se incorporaron también jóvenes de San Felipe del Progreso, entre ellos una directora de arte y un asistente de producción.
Toda la experiencia dio origen posteriormente a Tsiyo, colectivo integrado por cineastas mazahuas y otomíes del Estado de México. Dueto Charanda es su primera producción y, de acuerdo con el realizador, el grupo ya desarrolla otros proyectos en distintas etapas.
Una historia que comienza su recorrido
El cortometraje se encuentra concluido y comienza su recorrido por muestras, festivales y espacios de exhibición. Guzmán Cayetano señala que una de sus prioridades es llevarlo a las propias comunidades y generar funciones en espacios de la región mazahua.
La película también inicia un recorrido internacional, de manera reciente participó en el Festival Latinoamericano de Vancouver, Canadá, además de exhibiciones en muestras cinematográficas en México.
El ECAMC, comenta, fue determinante para concretar el cortometraje y descubrir una comunidad cinematográfica integrada por realizadoras y realizadores de pueblos originarios. “Fue la primera vez donde yo pude formarme con otros cineastas de pueblos originarios”, recuerda.
Finalmente, destaca que espera que la historia abra una conversación dentro de las propias comunidades sobre las personas de la diversidad sexual y el derecho a vivir sus afectos sin violencia. “Quisiera que otras mujeres mazahuas y hombres, y gente mayor mazahua, se dieran cuenta de que las personas sexodiversas en la comunidad existimos […] y que acepten y quieran a sus hijos y a sus hijas tal y como son”, concluye.










