Pablo Soriano.-
En estos días los huitziltecos están de fiesta. Su pueblo cumple 41 años que tuvo la fortuna de encontrarse con el gran Movimiento Antorchista.
Los ciudadanos más viejos relatan las terribles condiciones de su vida antes de Antorcha:
Pobreza extrema del 100% de los campesinos, que eran víctimas de la voracidad económica de los caciques, quienes los obligaban a venderle a ellos su café, al precio que esos casiques querían pagar.
La ignorancia era generalizada, como consecuencia de la inexistencia de cuando menos unas escuela primaria.
Eran comunes las muertes prematuras por la carencia de algún centro de salud que atendiera a los enfermos o heridos.
Había asesinatos a cada rato, pues los caciques no perdonaban que alguien alzara la voz queriendo reclamar las injusticias.
Un día uno de los campesinos les propuso solicitar apoyo de Antorcha Campesina. Le hicieron caso y entonces su vida comenzó a cambiar. Bajo la dirección de los activistas políticos que llegaron, supieron cómo y por qué tenían que organizarse. Antes los caciques los humillaban uno a uno. Después, cuando se organizaron, se empezaron a defender como pueblo unido. La unidad los hizo fuertes.
Entendieron que sólo unidos y organizados con Antorcha, saldrían adelante. Pero tuvieron que sufrir las consecuencias de su “atrevimiento”: varios de sus líderes fueron asesinados por matones al servicio de los vengativos caciques, quienes nunca les han perdonado su rebeldía. El último fue el asesinato del presidente municipal, Miguel Hernández Pasión, en octubre de 2017.
Pero Huitzilan es ahora un pueblo de progreso. Ahora cosechan y venden su café y otros productos de su trabajo, según los precios del mercado, no al capricho de los caciques. Ya tienen un hospital, escuelas de todos los niveles, unidades deportivas, agua potable y drenaje, electricidad, calles y carreteras pavimentadas, etc., todo fruto de la lucha organizada.
Pero esa lucha también rindió frutos amargos. Los caciques, con su enorme poder económico, compraron periodistas, periódicos y otros medios de comunicación, a través de los cuales difundieron su propia versión: ellos, los caciques, fueron los agredidos, Antorcha mató a su gente, Antorcha llegó a terminar con la paz en que vivían. Y esa versión, agradable a los oídos de los ricos y agradable a los oídos de políticos vividores del miedo, de la pobreza, la ignorancia y la desorganización del pueblo, la creyeron y la difundieron a todo el estado de Puebla y a todo el país.
Así se creó la campaña negra y el estigma de organización de delincuentes que aún hoy carga el Movimiento Antorchista. Por ejemplo, en Atlixco e Izúcar de Matamoros, mucha gente escucha hablar de Antorcha y le da miedo, o le nace un odio inexplicable… “Aléjate de los antorchistas, te van a quitar tu casa o tu terreno. Son malos. Son asesinos”.
Pero sin ninguna duda, así como queda establecido con el pueblo de Huitzilan, el único cambio verdadero para el pueblo vendrá de la mano del antorchismo. Las mismas dificultades que el pueblo enfrenta cada vez en mayor grado, tendrán que abrirle los ojos: Antorcha no es el enemigo, es nuestra organización.











