Uno a uno, creadores de diversas disciplinas de la escena fueron pasando al pequeño escenario de la Sala del Centro Cultural del Bosque, donde bajo un novedoso sistema de rotación de entrevistas, creadores de la escena respondieron, la noche del lunes 25 de febrero, cualquier pregunta imaginable.
Con el tiempo contado por cronómetro y con un timbre que avisaba la culminación del lapso, el ciclo «Citas Rápidas» se convirtió en un novedoso recurso para conocer con pinceladas precisas, las personalidades de quienes han construido una sólida trayectoria en el teatro mexicano.
El actor Ricardo Esquerra dijo que lo que se ha mantenido firme en su interior es el gusto de contar historias, aplicando como principio hacer el teatro que le gustaría ver.
«Yo soy actor, pero también aprendí Dirección en la UNAM. Entonces me di cuenta que no era muy bueno como director y mejor me dediqué más a mi trabajo de actor. Aunque creo que lo que más me agrada es dar clases».
Confesó que le gusta el teatro de grandes formatos, donde participan muchas personas, en especial las obras de Shakespeare, en las que encuentra mucha pasión, humor y situaciones complejas.
«He actuado en espacios donde la gente está muy cerca de los actores y esto resulta para mí muy gozoso, especialmente cuando hay improvisación, que es otra herramienta con la que me gusta mucho trabajar».
Sobre los métodos actorales, dijo que le gusta mucho la contención. Esa dinámica que indica que, con lo menos se puede hacer más, donde una mirada o un gesto nos indica todo lo que está pasando.
«El Teatro Noh o el Teatro Kabuki son muestra de ello, las actuaciones se manifiestan a base de códigos. En ellos, el lenguaje hablado desaparece casi por completo para dar preferencia a gestos, expresiones y efectos, que resultan muchísimo más resolutivos que las propias palabras».
En su intervención, el director de teatro de marionetas, Emmanuel Márquez, confesó que el Teatro fue su salvación, una manera de encontrar respuestas a preguntas que como adolescente no encontraba, entre ellas la separación de sus padres.
«El teatro, entonces, constituyó para mí un medio en el que me sentía bien, a través de este arte yo podía explicar lo que me ocurría de una manera libre, tremendamente divertida e incluso cínica. Dentro de sus vitales formatos encontraba yo muchísimo placer, juegos ilimitados y una incomparable oportunidad de acercarme muchísimo más al alma de las gentes».
Dijo que mediante los títeres, tiene la oportunidad de recibir con inmediatez una gran amalgama de sentimientos por parte del público, y asegura que nadie puede negar que nuestra manera más lúdica de expresar ideas, conceptos o sentimientos, es a través de los personajes de madera y tela.
«Ellos son y serán siempre nuestro respaldo más sencillo y rápido para definir lo que pensamos. Entonces, mi pasión, es jugar. Y jugar para mí es sinónimo de libertad. Y un personaje que muy rara vez falta en mis juguetes, es el Diablo. Un personaje a quien nadie quiere y que es además muy temido. Y es que el teatro aborda siempre las pequeñas arruguitas de la piel. Aquello que siempre tratamos de esconder».
La actriz Paloma Woolrich aseguró que el teatro ha constituido hasta la fecha un reto, pero es una expresión en la que hace exactamente lo que le gusta hacer.
«No obstante que me ha gustado mucho el género dramático, últimamente estoy eligiendo la comedia, no creo que el teatro merezca enmarcarse en un solo concepto o superficialidad».
Dijo que su vida teatral empezó en el kínder donde participaba en todos los festivales; ganando luego protagónicos en obras profesionales, como el Patito Feo, montada en el Teatro Julio Castillo.
«Simplemente penetré con todo mi amor y con todo mi interés a la magia de este mundo. Nada más emocionante como la vez que, junto con otras compañeras, fuimos llamadas a Bellas Artes para salir de esclavas en una ópera, quedé fascinada con aquella atmósfera de luces, movimientos actorales, música, vestuario y miles de maravillas más que flotaban cálidas y perfumadas a manera de un mundo aparte en aquel indescriptible escenario».
Rodrigo Flores López, compositor de música de teatro, cine y televisión, explicó que cuando se está realizando un trabajo artístico y se ha aprendido a la perfección, es el momento justo para olvidarlo, ya que así se puede llegar al escenario y vivirlo como si nunca hubiera sucedido.
Una de las maneras que se ha utilizado desde hace mucho tiempo, es la de ir relacionando temas y motivos, como se hacía desde la ópera antigua para darle significado dentro del contexto de una historia, sean personajes, lugares o emociones que se están viviendo.
Manifestó su convicción de que el desarrollo musical puede evolucionar en la escena, al mismo tiempo que evoluciona el desarrollo de todas y cada una de las imágenes. Es decir, que el relato musical se unifica al relato expuesto por los personajes.
«En una versión que hicimos de El nombre de la Rosa, en donde se plantea cómo y quién está cometiendo los asesinatos dentro de La Abadía. Para mí resultó muy interesante que una de las causas más importantes era pasión y poder. Entonces lo que hice con la música fue crear muchos temas con el propósito que debajo de ellos existiera. Así que al final de la historia y después de lidiar con toda esta complicación, cuando se quema la Biblioteca, la solución salió sola, porque siempre estuvo ahí, y siempre fue la más sencilla dentro de toda la complejidad».
El director Martín Acosta también participó en la rotación de entrevistas y confesó que en el teatro lo que más disfruta es que el colaborador, llámese actor, dramaturgo, diseñador, muestre su sentido de unidad y que surja en él la vocación de hacer las cosas.
«Que crea de tal manera en un proyecto, que ya no sea solo mío y que me hagan sentir que no solo soy un dirigente que está acarreando o empujando, sino que cada quien asuma la necesidad de hacerlo, sentirlo y mejorarlo junto conmigo».
Y añadió: «A mí, lo que me interesa es la generosidad del diálogo y el lograr la verdadera intercomunicación y no solamente la clásica exhibición del ego. Esos artistas que se dedican a mostrarte que tan buen actor es, que tan buen escenógrafo es, no es suficiente, porque una conducta escénica así, no es justamente lo que el teatro necesita. El teatro, estoy seguro, debe ser un arte colectivo e integral».









