Enrique Pluma.-
La mañana del 22 de marzo el auditorio “Máximo de la Cruz Rivera” de Huitzilan volvió a llenarse. No fue un evento cualquiera ni una ceremonia de compromiso. Son 42 años desde que el Movimiento Antorchista llegó a Huitzilan de Serdán, y eso, para quienes conocemos esta historia, se trata de un gran festejo político. Porque aquí no se habla de aniversarios vacíos. Se habla de lucha, de organización y de un pueblo que decidió dejar de vivir con miedo.
Antes de 1984, Huitzilan era otro. Quienes lo vivieron lo saben bien: el poder estaba en manos de unos cuantos caciques que imponían su ley con violencia. La gente trabajaba la tierra sin ser dueña de nada, cargando deudas que parecían no terminar nunca. Reclamar era arriesgar la vida. La pobreza no era casualidad, era parte del sistema. Pero un día eso empezó a cambiar.
Los huitziltecos se cansaron. Dejaron de agachar la cabeza y encontraron en la organización una salida. No fue fácil ni rápido, pero poco a poco el pueblo fue entendiendo que solo unido podía enfrentar a quienes lo habían mantenido sometido por años.
Lo que hoy tiene Huitzilan no apareció por arte de magia ni por la buena voluntad de algún gobierno. Se consiguió paso a paso: con gestiones, con movilizaciones, con insistencia. Hoy hay luz eléctrica en casi todas las viviendas, agua entubada en la gran mayoría, drenaje, hospitales, clínicas, espacios deportivos, escuelas y caminos. Todo eso tiene detrás el esfuerzo de mucha gente organizada.
También hay nombres que no se olvidan. Como el de Manuel Hernández Pasión, cuya administración dejó obras importantes y una inversión fuerte que se tradujo en mejoras reales para el municipio. O el de don Carlos Ayance de Gante, que vivió la represión, decidió organizarse y llegó a ser presidente municipal, siempre del lado de su gente.
Pero nada de esto fue gratis. Hubo quienes dieron la vida en este proceso. Y recordarlos no es solo un acto de memoria: es una forma de decir que su lucha no fue en vano.
Hoy Huitzilan es distinto. Se respira más tranquilidad, hay más oportunidades. Pero eso no significa que todo esté resuelto. Los problemas no desaparecen solos, y quienes siempre han estado en contra del progreso del pueblo siguen ahí, esperando cualquier descuido.
Este 22 de marzo no es sólo para recordar: es para reafirmar lo que somos y lo que hemos logrado juntos. Para no olvidar de dónde venimos y, sobre todo, para no bajar la guardia. La antorcha sigue encendida, sí. Pero no por sí sola: porque el pueblo la sostiene todos los días. Y mientras esa unidad se mantenga, lo que se ha construido con tanto esfuerzo no se va a perder.












