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Más allá de suníes y chiíes: el error de explicar la guerra con religión

Redacción by Redacción
mayo 1, 2026
in Universidades
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Más allá de suníes y chiíes: el error de explicar la guerra con religión
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Existe una tentación recurrente al analizar los conflictos en Medio Oriente: explicarlo a través de divisiones religiosas, particularmente entre suníes y chiíes. Esta narrativa es una entrada accesible, pero profundamente limitada para comprender la complejidad de la región.

Reducir los conflictos contemporáneos a una disputa teológica es simplista y distorsiona las dinámicas socio-políticas, económicas y geoestratégicas que verdaderamente impulsan la violencia.

Las diferencias entre suníes y chiíes se originan en la sucesión del liderazgo tras la muerte del profeta Mohammed en el siglo VII. Sin embargo, estas comunidades coexistieron durante siglos,  con variables de tensión, pero sin constituir un eje central de conflicto.

Hoy, la religión funciona más como un marcador de identidad política movilizable, que como una causa primaria de guerra. Países como Irán (mayoritariamente chií) y Arabia Saudita (mayoritariamente suní) han instrumentalizado estas diferencias como parte de su competencia geopolítica, no limitada al ámbito religioso, también se apoya en narrativas étnicas, al distinguir entre árabes y persas.

De esta manera, la religión y la etnicidad enmarcan estratégicamente el conflicto, pero no lo explican. Funcionan como discursos accesibles pretendiendo simplificar realidades complejas.   Operan como pantallas que facilitan la movilización política y de legitimación de intereses de  poder. El problema es que estas narrativas no son neutrales, construyen estereotipos que abren la puerta a dinámicas de discriminación y, en muchos casos, terminan por  deshumanizar a las sociedades de la región.

Y ahí está el punto clave: cuando se retira esta capa identitaria, lo que emerge no es una disputa  teológica, sino una lucha por poder, influencia y control regional. La religión no dirige la guerra;  la acompaña, la decora y, en ocasiones, la justifica. Pero el motor real está en otro lugar y tiene nombre: geopolítica.

Para entender la violencia en Medio Oriente es imprescindible enfocarla a las dinámicas de poder. Las guerras están profundamente vinculadas a la disputa por el liderazgo regional, el control de recursos estratégicos, la intervención de potencias externas y la fragilidad institucional de varios Estados.

Conflictos como los de Siria o Yemen no lograron explicarse únicamente por divisiones religiosas. En ambos casos, actores locales, regionales e internacionales interactuaron en escenarios donde las alianzas respondieron más a intereses estratégicos que a afinidades doctrinales.

Pero hay un elemento adicional que no puede ignorarse: el papel profundamente desestabilizador  que han tenido ciertas acciones militares de actores como Israel y Estados Unidos en la región. Y no es porque tomen partido en favor de los suníes en contra de los chiíes iraníes. En  los últimos meses, la expansión de ataques ha trascendido múltiples fronteras: desde Gaza hasta  Líbano, Siria, Yemen e incluso Irán dos veces, esto ha conducido a una escalada regional con violación del derecho humanitario de graves consecuencias.

La evidencia reciente muestra cómo estas operaciones han ampliado la crisis más allá del campo estrictamente militar, pues han impactado a poblaciones enteras, destruyendo infraestructura civil, sistemas de salud, de educación, de fertilización de cultivos y generación de alimento.

Más allá de las justificaciones en términos de seguridad, estas dinámicas han provocado fragmentación regional, desplazamiento masivo de población, colapso institucional, urgencia humanitaria y multiplicación de frentes de conflicto. En lugar de contener la violencia, la expanden.

Las identidades importan, sí, pero están siendo utilizadas dentro de una lógica de poder más amplia. El problema de insistir en dar una lectura religiosa al conflicto tiene  consecuencias reales. Primero, deshumaniza a la región al presentar la violencia como inevitable o inherente a su identidad. Segundo, invisibiliza responsabilidades políticas, tanto locales como internacionales. Tercero, limita la capacidad de diseñar soluciones efectivas, pues ataca síntomas  en lugar de causas estructurales. Cuando se afirma que “suníes y chiíes han estado en conflicto durante siglos”, se ignoran  periodos extensos de coexistencia y se refuerza una visión casi determinista de la guerra.

En el análisis contemporáneo -incluyendo decisiones de la administración Trump- es común encontrar interpretaciones que caen en ese reduccionismo. No obstante, las políticas recientes de Estados Unidos en la región responden más a  cálculos estratégicos como: al cambio de régimen en Irán, alianzas con monarquías del Golfo, seguridad  energética entre otras, que a una lectura religiosa del conflicto.

En paralelo, el papel de Israel -bajo Netanyahu- revela con mayor claridad esta lógica de poder. Más allá de la disuasión, la actuación militar reciente trasciende objetivos estrictamente vinculados a actores armados; es decir, los bombardeos a  Líbano más allá de Hezbollah, a Gaza más allá de Hamás o a Yemen más allá de  los hutíes, alcanzando espacios donde la línea entre objetivos militares y población civil es inexistente.

Si bien estos actores mantienen vínculos con Irán, la acción militar israelí -bajo una discursiva existencial de amenaza- no distingue ni respeta entre estructuras armadas y sociedad civil. Y así encubre procesos de aniquilamiento étnico.

En este contexto, la apelación a la seguridad nacional y al legítimo uso de la fuerza, tanto en el caso de Israel como en el de otras potencias involucradas, no pueden entenderse en el marco de los  límites establecidos por el derecho internacional. Y cuando estos límites se transgreden de manera sistemática, el lenguaje de la seguridad se convierte en un mecanismo de encubrimiento.

Enmarcar esta dinámica deshumaniza al conflicto como sectario, y resulta no sólo insuficiente sino profundamente problemático, porque diluye responsabilidades y “normaliza” niveles de violencia que deberían ser, en toda circunstancia, objeto de cuestionamiento.

Entender al Medio Oriente exige abandonar explicaciones cómodas. Si queremos analizar, y eventualmente contribuir a trascender estos conflictos, debemos empezar por reconocer su verdadera complejidad. Analizar un conflicto erróneamente no es un mal menor: es una forma de dejar que continúe.

Mtra. Cynthia Jiménez de la Portilla

Docente de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Anáhuac Puebla.

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