Ser de agua, de la pintora Claudia Gallegos, evoca sensaciones musicales

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La más reciente producción artística de la pintora Claudia Gallegos, recogida en el libro Ser de agua, editado por la Dirección General de Publicaciones (DGP) del Conaculta, no puede definirse simple y llanamente como paisajismo; tampoco como una obra que se aleja del abstraccionismo, afirma Jaime Moreno Villareal, quien sostiene que los cuadros de la artista llevan una significativa evocación musical.

En su texto «Lealtad al curso de las aguas», que acompaña las páginas de esta publicación, Moreno, escritor, editor y traductor, refiere que el conjunto de obras de Gallegos, consagrado al agua, «no me parece premeditadamente musical sino afluente de la música. Así como el poeta se acerca por el oído y la elocución a los valores sonoros, la pintora estaría ejercitando valores rítmicos, armónicos que resuenan en un plano mental.
«En el contexto del arte contemporáneo, la pintura sigue recurriendo a las sinestesias. Por lo menos en el campo de lo imaginario, es sencillo parangonar música y agua, pero es cierto que en la fisicalidad del cuadro, se estancan. La pintura, por más que mantenga el horizonte temporal siempre en perspectiva, cultiva un estanque. La pintura de Claudia Gallegos no se conforma, sin embargo, con proveer una pura imagen del agua: aspira a dotarla de una carga significante.
«Veo los cuadros y pienso en música. Incluso, puedo recorrerlos visualmente hilando sonidos, una música mental obedece a esos reflejos, a esas ondas del agua, a esos fondos, a esos toques de pincel», dice el autor.
«Las aguas de los cuadros de la pintora me resultan musicales por lo que veo y por lo que invento. Acaso, el cuadro El otro Narciso evoca pentagramas. Su complejidad de construcción, en la que las ondas de la superficie potencian reflejos, refracciones, destellos y fondos, sugiere lo que en música se denomina polirritmos… y a partir de ahí, toda una serie de equivalentes pueden desatarse: melodías, armonizaciones, contrapuntos. Son valores que han maridado de mucho tiempo atrás a la música y la pintura, y que la abstracción pictórica convalidó».
Por años fue pintora abstracta. «Ya no lo es, mas lo sigue siendo: ella lo siente así y lo confirma en su pintura», agrega el escritor, quien dice que el paso de la artista a las aguas no se conjuga con esa flexibilidad extrema de la abstracción «que animó a tantos pintores a dejarse llevar por el flujo de la conciencia o el dictado del inconsciente, a dar soltura al gesto, a liberar la pulsión automatista». Gallegos más bien contiene el torrente, en el doble sentido de poseer y restringir. Da forma al agua. Con esto, la contradicción entre lo abstracto y lo figurativo se vuelve innecesaria, se diluye.
«Podría decirse que cedió al paisajismo, pero indudablemente no se trata de una concesión, y es algo más que paisaje: las obras poseen la concreción intangible de apenas una impresión en la retina, donde luz y color son indiscernibles, y más aún, donde la imagen es mente.
«Son cuadros pintados a partir de fotografías, que en el tránsito de un medio al otro pierden, afortunadamente, todo viso de hiperrealismo, para incorporar mejor el sesgo del pincel, el empaste y el renovado juego de las ambigüedades que tanto ocuparon a la artista al suspender los sólidos de antaño, ambigüedades que ahora rebosan la superficie en reflejos de luz e inversiones en el espejo de agua y en los dobles fondos de las aguas transparentes».
Para el escritor, en lo general las aguas en la obra de la creadora son tranquilas, hay curso, pero domina el detenimiento. No así en Acequia, que le evoca pentagramas y lo remite a la complejidad de los cursos sonoros. Ante sus cuadros pueden recordarse, «con el oído atento, las formas del agua y del paso del viento que persiguió Debussy en tantas piezas».
«Una antigua parábola china pregunta cómo es posible que una persona cabal logre nadar bajo el agua sin ahogarse, y ofrece esta respuesta: no es gracias al saber, ni a la habilidad, ni a la determinación, ni a la valentía, sino a que la persona cabal sabe conservar su soplo vital. A lo largo de su trayectoria, Claudia Gallegos ha sabido conservar su soplo y ser leal al curso de las aguas», concluye Jaime Moreno.
Por su parte, el pintor Manuel Marín refiere en Ser de agua que el reflejo no le pertenece al agua sino a la imagen. «Por ello Claudia Gallegos atrapa la imagen del agua para poder representar su reflejo e indagar en la mirada. Las cosas son sin saber que son; de ellas apreciamos sólo la apariencia. De esta manera la pintura de Gallegos se ha propuesto separar la apariencia del objeto y cosificarla. Esta serie recorrerá varias rutas. Mas todas ellas sustentan la separación de la apariencia y el objeto arguyendo su presencia: ellos están ahí, pero ¿son ellos? El reflejo permite la pregunta; la serie, las respuestas».
La pintora nacida en el Distrito Federal desarrolló el trabajo reunido en este libro a partir de su interés por los espejos de agua que le permiten un acercamiento a la materia, la cual muestra sólo parcialmente su profundidad, transparencia o color propio, y representa a su vez una visión introspectiva, igualmente importante para ella. Ser de agua está dividido en cuatro apartados: «Ofelia», «Narciso», «Ulises y «El aleph».
Claudia Gallegos estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, y desde 1993 labora como docente en la misma. Ha recibido diversas distinciones como becas y residencias de producción, y estímulos a la difusión cultural por parte del Conaculta, la UNAM y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. También ha hecho residencias de producción en el extranjero y recientemente ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA. Suma en su trayectoria 14 exposiciones individuales y participaciones en alrededor de 70 colectivas.
Ser de agua será presentado el miércoles 12 de septiembre a las 19:00 horas, en la Casa del Virrey de Mendoza (Juárez 15, Centro de Tlalpan), con los comentarios de Ilse Gradwohl, Santiago Espinoza de los Monteros y la autora.