Si los mineros mueren, ¿a quién le importa?

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KAREN SANTOS.-

“La mina no soltaba nunca al que había cogido,

y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos

y gastados de una cadena sin fin, allí abajo

los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar

de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás”.

– Baldomero Lillo

La cita con la que abrimos este texto corresponde a uno de los cuentos más famosos del escritor Baldomero Lillo, reconocido como el padre del realismo social en Chile. El cuento se llama “La compuerta número 12” y narra un día de la vida de Pablo, un pequeño de ocho años al que su padre lleva a la mina porque “debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina”. El niño sustituirá a otro en la compuerta número doce, “reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida”. El padre, cansado por los años del oficio, ha bajado su rendimiento y es amenazado con ser despedido, “desde algún tiempo su decadencia era visible para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina”. Y como “el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela”, el viejo minero debía seguir trabajando.

Pablo fue llevado a la compuerta número 12 y le enseñaron lo que debía de hacer; trabajo que cumplió a la primera. “Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado… él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba… sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero”. ¡A sus ocho años! Cuando Pablo se dio cuenta, suplicó que no lo dejaran, pero el padre no cedió. El viejo minero se vio a sí mismo y pensó en el destino que le aguardaba a su hijo, “le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias”. “Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera”. Con el corazón astillado y el hambre de su familia a cuestas, dejó a su hijo en la compuerta y, con una furia imparable, se dispuso a trabajar “sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad”.

La compuerta número 12 busca relatar la vida de los mineros y sus familias; el debate interno de la población entre ir a morir a las minas o morir de hambre en sus casas. Es el retrato de la miseria del pueblo minero, que está condenado a la oscuridad de la tierra para medio vivir, mientras que aquellos que son dueños de las minas viven entre lujos y sin pisar siquiera la tierra. El cuento vio la luz en 1904, en el libro Subterra, pero las condiciones de los mineros y sus familias poco han cambiado o, en realidad, nada.

El miércoles 6 de agosto una nueva tragedia sacudió al norte del país. El temor de los pueblos mineros se hizo realidad cuando 15 trabajadores de la mina Las Conchas, en el pueblo de Sabinas, Coahuila, sufrieron un accidente luego de un derrumbe ocasionado por el desplome de varios túneles tras una inundación. De los 15, cinco que se encontraban más cerca lograron salir; 10 más (hasta este sábado en que se escriben estas palabras) seguían atrapados.

La mina está ubicada cerca del Río Sabinas, lo que la hacía propensa a este tipo de accidentes; se sabe, por ejemplo, que la boca principal de la mina fue cerrada hace años porque estaba inundada. En 2018, la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación para analizar el funcionamiento de este tipo de minas, pues alertó sobre los posibles riesgos de su operación. Aún así, las autoridades afirmaron que no había ningún problema con la mina. A inicios de año volvió a funcionar bajo el control de la empresa Minera Río Sabinas SA de CV de Compañía Minera El Pinabete, la cual no forma parte de la Cámara Minera Mexicana y no se tienen datos ni de sus dueños, ni de sus protocolos de seguridad. En la mina buscaban carbón, el llamado carbón rojo, por la sangre que ha cobrado, pero la presión acumulada del agua los encontró primero.

En la región se extrae el 99 por ciento del carbón que compra la Comisión Federal de Electricidad (CFE), uno de los pilares de la reforma eléctrica del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. En general, al menos 3 mil familias de la zona dependen directamente de la minería y otras 11 mil de empleos indirectos.

Es inevitable acordarse cada vez que un accidente minero ocurre de la tragedia de Pasta de Conchos, también en Coahuila, en 2006, donde 65 trabajadores murieron en un accidente y solo dos cuerpos fueron recuperados. La Familia Pasta de Conchos, asociación que agrupa a parientes de las víctimas de la tragedia y que fue creada en busca de justicia, ha denunciado que desde ese fatídico año se han registrado más de 100 muertes de mineros en la zona; además, aseguran que el 90 por ciento de las minas de carbón están en riesgo de colapso y son, en sí, trampas de muerte.

A los mineros atrapados no los han podido rescatar por “falta de planos”; el gobernador de Coahuila, Miguel Ángel Riquelme reconoce que no se tiene información actualizada de la mina ni de su funcionamiento, lo que dificulta el rescate de los trabajadores. ¿Por qué? Muy fácil, porque a nadie le importa lo que le pueda pasar a los mineros en su labor, solo les importa que produzcan lo necesario.

En alguna de las noticias que surgieron días después del desastre consultaban a algún “especialista” en el tema que aseguraba que la lucha de los mineros era contra la naturaleza por sobrevivir. ¿Es esto así? ¡Absolutamente no! Los mineros se enfrentan por su supervivencia con un sistema económico que los absorbe y los deja en los huesos; que los obliga a arriesgar la vida bajo tierra y, en muchos casos, a no volver a ver la luz del día con tal de medio alimentar a su familia; los mineros, y en general todos los obreros, luchan contra el capitalismo rapáz que los esclaviza y los asesina. ¿Por qué los mineros quedaron atrapados bajo tierra inundada por agua? Porque a los capitalistas no les importa la vida de los mineros y mucho menos su seguridad, son conocidos los riesgos de ese sistema de extracción de carbón en Coahuila y, si no se ha regulado, es porque no le conviene a los grandes empresarios mineros y, de paso, a los gobiernos estatales y federal, que se coluden con los grandes empleadores.

Los mineros, y todos los trabajadores, deben saber que luchan contra un sistema económico que, como la mina, no suelta nunca al que ha atrapado, y que, solo cuando el pueblo se decida a luchar por el poder político para cambiar este régimen que tanto lacera a los más humildes las condiciones laborales y de vida van a cambiar, pero, para que eso suceda, se necesita, ahora más que nunca, de la organización y la unidad del pueblo. No hay más. Esa es la tarea que tenemos todos los trabajadores de México.

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