Cuando se revisa la etimología de la palabra borde encuentra que puede referirse al lado de una nave, que puede hacer referencia a todo lo que nace fuera de un marco establecido, que así se nombra también al individuo incordiante, y que el latín burdus se relaciona con la palabra burdel. En este recorrido por los significados, cae en cuenta el lector que Bordeños, novela escrita por Francisco Serratos, agrupa en la historia que cuenta, todas las acepciones anteriores.
“Soñaba con hacer arte, pintar con los tonos de la arena” así se presentan Faco y su historia. Un niño que vive al sur de Ciudad Juárez, “en la frontera del desierto y el remedo de la civilización”. No hay en su entorno nada que lo encamine hacia su deseo, su único contacto con el arte viene de los libros que sentado en el pasillo de Soriana, hojeaba de niño mientras su madre hacía las compras.
El vecindario en el que habita apenas está poblándose, son todas familias que se conocen entre sí porque toman el mismo transporte para ir a trabajar a la maquila. Los niños son todos hijos de padres desgastados por ese trabajo. A la madre de Faco le alcanzan las fuerzas para llegar, preparar la cena y dormirse. Una noche, Polo, amigo y vecino lo invita a cenar a su casa. Tres experiencias saldrán de ahí, dos implicarán cambios. La primera, probar el picante. Como comérselo es un viacrucis la cena se alarga, mientras ésta transcurre ocurre un evento inaudito en su vida. La madre, Doña Luz, lee para todos el capítulo siguiente de un libro que el lector adivina que es Cien años de soledad: “Esa noche, en aquella cocina de paredes ahumadas y tabiques sin pintar, me convencí de que yo quería ser un artista”.
Mientras Faco batalla por tragar el mole, Polo le muestra una revista para adultos, la madre los descubre, Polo acusa a su amigo de ser el dueño de la publicación y Doña Luz lo corre de la casa, diluyéndose a partir de ese momento la amistad.
Comienza entonces el recorrido que es búsqueda, que es decidir la propia historia, la línea, sus bordes, las fronteras personales, que en el caso del protagonista van bordeadas siempre por el arte. Pero ¿qué hacer con una pulsión tan esquiva, sensorial, indeterminada? Si el arte tiene que decir ¿qué y cómo? necesitan responderse. Faco decide estudiar historia del arte, renuncia a la pintura y se identifica con la instalación. Forma un grupo de amigos que dividen su inquietud estética con la vida de las cantinas. En una de ellas, La Juárez, “combinaba lo peor de ambos mundos: era el centro intelectual de toda la región, pero también se encontraba lo más vil de nuestra civilización.” Se reencuentra una noche con Polo.
Aquel niño ya es otro, entre bebidas y cigarros ambos caminos dan el rodeo hasta hacerse coincidir con el presente. Se alarga la noche y Polo lo invita a un sitio clandestino, subterráneo en todos los aspectos. La verdadera noche de Ciudad Juárez es el sótano de los excesos, de lo salvaje, de la corrupción y el delito. Porque como lo narra Polo, la política del gobierno es drogar y embriagar a la gente para que aguante el trabajo en la maquila. Porque si no lo hicieran “quemarían las maquilas de tanto coraje dormido en su conciencia. Y a los gringos se les acabarían sus lujos.”
Algunas noches no son horas, sino aventuras, vueltas de tuerca. La de este par de amigos se prolonga, a ellos se le suman dos mujeres, una colombiana que se inicia en la prostitución para conseguir dinero para pagarle a un pollero, su meta: reunirse con su prima en California. Un hotel, la madrugada, la mañana siguiente, el descubrimiento: Polo se dedica justamente a cruzar personas de manera ilegal.
Porque en Ciudad Juárez cruzar lo es todo, y una visa es la vida. “Les aterra saber que están atrapados en esta ciudad, de este lado de la mierda. Hace falta dejar de soñar con cruzar y no tener que volver cuando cierren las tiendas.”
En esa mañana uno de ellos decide huir, emigrar definitivamente; el otro, sin más opción lo ayudará. En el lento recorrido a lo largo de la línea los escuchamos hablar explorando puntualmente la condición de bordeño, lo que cruzar significa, lo que implica hablar de lados geográficos y espirituales; la realidad que ambos han descubierto por distintos caminos. Faco a través de la contemplación sosegada, Polo por la vivencia salvaje, por la exposición directa a sus efectos.
La historia se tensa, aparecen personajes rescatados del pasado, otra vez la noche, los excesos pero ahora los del otro lado. Nuevas historias, que no son sino la misma historia, interminable, condenada a repetirse.
Bordeños va por todas las fronteras, es estar al borde, vivir al borde. Una narración que atraviesa por la novela de formación hacia la de la identidad, a la de desidentificarse.
Francisco Serratos nació en Veracruz en 1982. Vivió su infancia y adolescencia en Ciudad Juárez. Estudió literatura en Chihuahua y un doctorado en Arizona State University. Ha publicado en revistas como Crítica, Lado B, Picnic, Gaceta Frontal, entre otras. Es autor del libro La memoria del cuerpo. Salvador Elizondo y su escritura (Ficticia, 2011); y forma parte de la antología de ensayos Cámara oscura. Ensayos sobre Salvador Elizondo (FETA, 2011).
Francisco Serratos, Bordeños, Fondo Editorial Tierra Adentro Conaculta, México, 2014; pp.98











