Enrique Pluma.-
En pleno 2026, México atraviesa una de las crisis educativas más profundas de su historia reciente, no por falta de talento o voluntad de sus jóvenes, sino por una estructura que parece diseñada para el abandono. El anuncio reciente del secretario de Educación, Mario Delgado, sobre el cierre adelantado del ciclo escolar es la prueba de fuego de un sistema que no aguanta más. Justificar el fin de las clases basándose en las olas de calor y la efervescencia del mundial de futbol no es una medida de prevención, es una bandera blanca levantada ante la incapacidad del Estado para garantizar condiciones mínimas de dignidad.
Resulta casi cínico que el gobierno exprese una “preocupación” repentina por las altas temperaturas cuando la realidad de nuestras escuelas ha sido el abandono sistemático. Hablamos de un país donde todavía existen niños tomando clases en casas prestadas, bajo techos de lámina que convierten el salón en un horno, o peor aún, en espacios que ni siquiera alcanzan la categoría de aula.
¿Cómo puede preocupar el calor si en muchos de los planteles ni siquiera hay agua potable en los baños? ¿Cómo se puede hablar de bienestar estudiantil cuando faltan plazas cívicas, domos y servicios básicos? La infraestructura escolar en México no es solo deficiente, es una afrenta a la modernidad que nos pretenden vender. Mientras el gobierno del país se prepara para el mundial de futbol, las escuelas se caen a pedazos en el silencio.
Si analizamos el fondo de lo que se enseña, el panorama es igual de desolador. El modelo actual parece estar calculado matemáticamente para que los jóvenes aprendan apenas lo suficiente: leer a medias, escribir lo básico y obedecer órdenes. No se busca formar ciudadanos críticos, sino mano de obra eficiente. El objetivo final es que el joven sepa manejar una máquina y se inserte sin cuestionar en el sistema capitalista que lo ve como una pieza reemplazable.
Se educa para servir al mercado, no para servir al pueblo. En este esquema, el mundial de futbol cumple una función específica: enajenar. Se utiliza el deporte, una actividad noble en esencia, como una cortina de humo para distraer a la población de las carencias estructurales. Mientras el balón rueda, los problemas educativos se barren como si nada pasara.
El abandono no termina al sonar el timbre de salida. La juventud mexicana se enfrenta a un entorno hostil donde el esparcimiento se ha convertido en un lujo. Los pocos lugares seguros para la recreación son privados y costosos. Cuando un joven no tiene un parque, una biblioteca o un centro cultural accesible, queda a merced de los peligros que acechan en las calles: las drogas y la delincuencia.
La falta de espacios de recreación no es un tema menor; es una cuestión de salud social. Un país que no ofrece alternativas de crecimiento personal y ocio sano a sus jóvenes los está empujando directamente hacia las garras de la inseguridad. Es un ciclo de violencia que comienza con un aula precaria y termina con una vida truncada por la falta de oportunidades.
Ante este escenario, la postura del Movimiento Antorchista surge no sólo como una crítica, sino como una necesidad urgente. La educación no puede seguir siendo una línea de ensamblaje de obreros. Necesitamos una enseñanza de calidad que llegue a cada rincón del país, desde las ciudades hasta las comunidades más olvidadas.
El verdadero objetivo debe ser la formación de hombres y mujeres integrales, capaces de entender su realidad para transformarla. Necesitamos ciudadanos que, en un futuro cercano, tengan la preparación y la fuerza para tomar las riendas del país. Una educación de calidad es aquella que enseña a pensar, que dota de herramientas científicas y culturales, y que pone ese conocimiento al servicio del pueblo de México.
No podemos permitir que el futuro de una generación se decida entre un golpe de calor y un partido de futbol. El México del mañana se construye hoy, pero no en estadios relucientes, sino en aulas dignas, con maestros valorados y con un modelo educativo, como el que propone el Movimiento Antorchista, que priorice la dignidad humana por encima de la eficiencia mecánica. Es momento de exigir que la educación sea de calidad. Pero si no se puede ahora, tarde o temprano llegará el momento del pueblo organizado.













