Desde los primeros instantes, Manual de cacería sorprende por la sofisticada manera en que funde estética y discurso, dejando en claro para el espectador, que hoy, los medios de comunicación y su amplificación de la violencia, representan ese juego de sombras descrito en La Caverna de Platón, que mantenían hipnotizados a los hombres que las miraban proyectadas en las paredes de piedra, pensando que esa era su realidad.
Escrita por Noé Morales Muñoz, con el apoyo de la beca Jóvenes Creadores y producida y actuada por Ariadna Medina, beneficiaria del Programa de Fomento y Coinversión del Fonca, la obra, que inició temporada la noche del jueves 21 de febrero en el Teatro El Milagro, se convierte en un viaje simbólico para tratar de entender la brutalidad, la cual comienza en los propios hogares.
Esta pieza, a cargo de la compañía Murmurante Teatro, se presenta los jueves y viernes a las 20:30 horas, sábado a las 19:00 horas y domingo a las 18:00 horas. El Teatro El Milagro se ubica en Milán No. 24 Col. Juárez, entre Lucerna y General Prim. Metro Cuauhtémoc o Metrobús Reforma.
Con el uso de proyectores, lámparas, recipientes y otros utensilios, las sombras y juegos de luces creados por los actores, se convierten también en protagonistas de esa caverna, donde las referencias sobre el maltrato a menores son constantes, y se suman a las estadísticas que a momentos se proyectan y que hablan de una nación que se encuentra en los primeros lugares con respecto a este problema.
A medida que avanza, el montaje se torna visualmente complejo: un ojo aparece proyectado en la pared como reflejo de lo que ocurre a la protagonista, quien utiliza una pequeña cámara para mostrar la desesperación en su alma. También se muestran imágenes que aluden al encierro, ya no tanto físico, sino mental y que es el caldo de cultivo de una violencia que lo mismo se ejerce en la casa, en la escuela y los centros de trabajo.
El director Juan de Dios Rath actúa también en la obra, junto con María José Pool y Josué Abraham, quién además realizó el diseño multimedia, donde cada proyección generada por acetatos, por botellas de cerveza y por una cámara espía conectada a un cable, se convierten en una metáfora estética paralela de lo que ocurre en la trama.
Y mientras se mezclan las imágenes documentales, con estadísticas, con encabezados a ocho columnas, con fotografías aparecidas en la prensa, los personajes van narrando sus propias experiencias en diversos entornos, donde pareciera que la única constante es la de violentar y ser violentados por otros, en lo que pareciera ser un juego perverso que se ha integrado a la sociedad como parte de su «normalidad».
Pero como en la metáfora de la caverna platónica, también surgen las dudas y ese espeso caleidoscopio de imágenes, actuaciones y expresión corporal, hacen preguntarse al público si habrá entre los protagonistas un iluminado que deje de ver las sombras chinas de la pared y se encamine hacia el exterior de la cueva para contemplar por primera vez la luz del sol.
Aclamada por la crítica en diversos festivales y foros donde se ha presentado, Manual de cacería se convierte así en un tratado sobre la condición humana, pero además en una advertencia sobre la violencia como hipnosis colectiva, como un estado anormal al que muchos han tratado de ligar a nuestra naturaleza, para dejar de lado las preguntas incómodas sobre su verdadero origen.




